A lomos de Clavileño

A lomos de Clavileño

A partir de la escena de Clavileño en El Quijote, Antoni Talarn propone una lectura del presente como un dispositivo sostenido por ficciones compartidas que, aun mostrando sus efectos destructivos, seguimos habitando.

Más allá de la crítica al sistema, el texto desplaza la pregunta hacia aquello que nos impide reaccionar: las formas de consentimiento subjetivo, los relatos que organizan nuestra experiencia y la dificultad de producir alternativas creíbles. Frente a la crisis ecológico-social y al agotamiento del imaginario del progreso, el autor sitúa en el relato —como operador clínico y político— una posible vía de transformación: no tanto denunciar lo que falla, sino intervenir en las condiciones desde las que pensamos y actuamos.

 

Por Antoni Talarn, psicólogo, psicoterapeuta y docente universitario
Vector narrativo–subjetivo de captura del sujeto en el medio

Para mi amiga Isabel Tejero Segui

Una de las peripecias más memorables de El Quijote es aquella en la que unos duques aragoneses organizan, a partir de la ingenuidad y buena fe del hidalgo manchego, una burla mayúscula sobre él y su escudero Sancho Panza. En una escena cuidadosamente preparada, hacen creer a ambos que podrán volar a miles de leguas de distancia para realizar una buena acción, a lomos de un caballo de madera llamado Clavileño. Nombre que deriva de una clavija insertada en el cuello del corcel que, según le dicen a Don Quijote, permite dirigir el vuelo a voluntad: por los aires o casi barriendo la tierra. Tan solo una condición se les requiere: han de taparse los ojos.

Don Quijote, entusiasmado, monta sin dudar; Sancho, más reticente, accede por lealtad y por la promesa de una futura ínsula. Una vez en el artefacto, los burladores simulan el viaje con voces, ráfagas de aire y calor, haciéndoles creer que atraviesan distintas regiones del cielo. Sancho, por su parte, sigue el juego, sostenido entre la duda y el deseo. La chanza culmina cuando unos cohetes situados en la cola del caballo estallan, hacen volar el artefacto y precipitan a ambos al suelo, chamuscados y aturdidos.

Sirva esta escena como una analogía de lo que, en buena medida, nos sucede hoy. Los duques pueden leerse como esas élites económicas y políticas que marcan el rumbo del mundo contemporáneo; el caballo, como un sistema neoliberal cargado de promesas de libertad y plenitud, sostenido por una ilusión de control que, en realidad, se nos escapa. Don Quijote encarnaría a una clase media que durante mucho tiempo creyó en el crecimiento indefinido; Sancho, a quienes aspiran a encontrar su lugar en ese mismo orden, aun cuando intuyen sus límites.

Sin embargo, la escena —en el libro y en la realidad— acaba mal. La caída es inevitable. Los excesos se pagan. Como escribe Lipovetsky (2023), el “siempre más” ya no hace soñar, puesto que es portador de inmensas amenazas planetarias. Aquello que parecía promesa de felicidad se ha convertido en miedo a un mundo inviable.

La cuestión, más que en la perversión del sistema, pivota sobre las razones que nos impiden reaccionar. ¿Por qué seguimos a lomos de un caballo que no podemos dominar? ¿Qué hace que tantas personas se comporten como Don Quijote, delirando con la fantasía de que todo es posible, o como Sancho, deseando subirse al carro de los poderosos? ¿En qué consentimos para que, como decía Sancho, las necedades del rico pasen por sentencias en el mundo?

Que el siglo XXI ha traído consigo múltiples crisis es algo fuera de discusión. Sin embargo, seguimos alimentando dinámicas políticas, económicas y ambientales que no alivian, sino que empeoran la situación. Ya estamos, en cierto modo, chamuscados. Y no solo por la deriva de algunos liderazgos políticos, sino por la mayor crisis a la que se enfrenta la humanidad: la crisis ecológica.

A diferencia de otras crisis históricas, esta presenta un carácter singular: está causada por nuestra propia especie, afecta al conjunto de la biosfera, tiene una dimensión global, impacta sobre la salud de todos los seres vivos y compromete las condiciones de vida de las generaciones futuras. No estamos, por tanto, ante un problema ambiental aislado, sino ante una crisis ecológico-social en la que lo ecológico y lo socioeconómico se encuentran profundamente entrelazados.

No es este el lugar para abundar en las conexiones entre el sistema económico contemporáneo y la crisis ecológica, pero como escribe Latour: ¿cómo es que toda una civilización, enfrentada a una amenaza que conoce perfectamente, no reacciona?

La pregunta interpela a todos los actores de la polis. Como Don Quijote, vamos con los ojos vendados; como Sancho, sostenemos un juego que intuimos problemático, impulsados por nuestras carencias, deseos y expectativas. Permanecemos, en gran medida, indiferentes a aquello que queda fuera de nuestro perímetro emocional, atrapados en una mirada a corto plazo.

Como profesionales de la psicología, ¿qué papel nos corresponde en este escenario? No basta con señalar el narcisismo humano ni con confiar en que la tecnología resolverá nuestros problemas. Tampoco parecen suficientes las apelaciones a la empatía, al cuidado o a una distribución más justa de la riqueza. Sabemos mucho, pero avanzamos poco.

Surge entonces una pregunta inevitable: ¿qué podemos hacer?

Para esbozar una posible respuesta, propongamos un ejercicio. Imaginemos que somos psicoterapeutas y tenemos frente a nosotros a una pareja. Uno de sus miembros presenta síntomas; el otro afirma no percibir conflicto alguno. Más que lanzarse a interpretaciones complejas, la tarea consistiría, en un primer momento, en construir un relato que permita comprender lo que sucede entre ambos. Sustituyamos ahora al paciente por el planeta y al acompañante por el ser humano contemporáneo. Será este último quien necesite mayor atención: alguien a quien habrá que ayudar a elaborar un relato que dé cuenta de su modo de vincularse y, sobre todo, a suscitar en él el deseo de cambio.

En el relato está, para nosotros, el núcleo de la cuestión. El relato organiza la experiencia, configura la subjetividad y orienta nuestra acción en el mundo.

Y desde hace ya tiempo un relato se ha impuesto como dominante: el del progreso entendido fundamentalmente como crecimiento económico. Sin negar los avances logrados en múltiples ámbitos, lo cierto es que ese relato se ha convertido en el eje de la mentalidad colectiva, sin que exista hoy un contrapoder narrativo de similar alcance.

Nuestra tesis es clara: es necesario un nuevo relato. Un relato que modifique la conciencia colectiva, que movilice, que reoriente nuestras prioridades. Muchos cambios históricos se han producido de este modo.

Es preciso modificar el rumbo. Bajarnos de Clavileño y poner pie a tierra. Avanzar, quizá más lentamente, pero en una dirección distinta. Porque, como señala Martín Caparrós (2024), si el futuro deja de ser promesa, se convierte en amenaza.


 

Nota editorial

En Xoroi estamos trabajando con Antoni Talarn en un ensayo que desplaza la pregunta habitual sobre la crisis climática: no qué está pasando —eso ya lo sabemos—, sino por qué, aun sabiéndolo, seguimos sin hacer nada.

Desde una mirada clínica y cultural, el libro explora los mecanismos de defensa que sostienen esa inacción y propone pensar la crisis no solo como un problema ambiental, sino también como un límite de nuestra capacidad de asumir lo real.

La apuesta es clara: que sin un relato compartido capaz de sostener lo que sabemos sin desmentirlo, no habrá transformación posible.

Xoroi Edicions
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