Por Maximiliano Fabi, docente y escritor
La física no dice «un cuerpo», sino «los cuerpos»…
Emilio Vaschetto, Formas en las que un cuerpo cae
Si el sueño es el punto supremo de la relajación corporal, el aburrimiento lo es de la relajación espiritual. El aburrimiento es el pájaro de sueño que empolla el huevo de la experiencia.
El susurro del follaje lo ahuyenta. Sus nidos –las actividades que se ligan íntimamente al aburrimiento– se han extinguido en las ciudades, han declinado también en el campo.
Con ello se pierde el don de estar a la escucha, y desaparece la comunidad de los que tienen el oído alerta.Walter Benjamin, El Narrador
Comencé a leer Formas en las que un cuerpo cae (Xoroi), evocando unos versos de Macedonio Fernández. Allí éste le habla a la Luna, «astro de luz memorial»:
Que el sol te atrae –le dice–, que la Tierra también, que recibes la luz del Sol y sin amor, por fuerza la reflejas a la Tierra, éstas no son explicaciones; no se nos dice por qué el sol brilla, por qué en torno suyo gira la Luna en torno de la Tierra, ya que pudo ser otramente; por qué hay una luz interceptable, por qué hay una luz que tiene sombras, por qué ceden a su paso unas cosas y otras no y hay lo opaco y lo traslúcido.
Mecánica dirá por qué, pero yo no pregunto sino para qué, razón para el alma, pues Conciencia se anula si admite un Mundo rígido, y todo el por qué físico no es más que decirme el antes de algo, o sea una evasión no una respuesta.
Pues, tratándose de «los cuerpos» terminé aquel primer capítulo convencido de haber repasado los «antes»; los porqués de la Mecánica, a sabiendas de que más adelante, al dar vuelta la página, me encontraría con «el cuerpo» y las razones para el alma que nuestro viejo poeta reclamaba.
Quizás se deba a las ilustraciones de Alfonso Barbieri –no lo sé–, que aquí operan, entre capítulo y capítulo, como curiosos rites de passage. Mezcla, a mi ojo inexperto, apenas aficionado, de la pintura negra de Goya y los maravillosos grabados de Gustavo Doré, ellas tiñen la lectura de un tono misterioso, como la pátina de un antiguo grimorio, que bascula entre la Anatomía de Burton y la Tinta de Starobinski.
¿Será esta atmósfera entre ancestral y moderna lo decisivo? ¿O será otro tipo de ilustración, ahora discutible, lo que me hizo terminar aquel primer capítulo con la impresión de haber asistido a un hallazgo? Sé, por otro lado, que no voy a decir nada revelador –y que a muchos quizás les parezca una completa puerilidad–, pero de pronto, como en una iluminación, tuve la idea –acaso trivial– de que el saber de los seres humanos avanza quebrando los límites que él mismo se impone a través de su propio lenguaje: Alguien inventa la palabra «átomo» –cuya historia, erudita, Vaschetto repasa aquí para nosotros– con la intención de nombrar la mínima porción de la materia, y de pronto viene otro y la parte al medio, generando energía nuclear. Alguien inventa la palabra “individuo” con el propósito de referirse a la mínima expresión de humanidad, y de pronto llega otro y dice: –¡Minga! Lo divido–, y aparece aquel «Yo» que no es amo en su propia casa… Lo curioso, entonces, es que ahora el cuerpo aparezca también para nosotros como una nueva frontera, singular in/dividuo, pues por más que sepamos que se encuentra compuesto por al menos dos partes –un organismo biológico parasitado por el lenguaje–, lo cierto es que una vez que tal átomo ha sobrevenido, ya no es posible separar, en «un cuerpo» la cuota de lenguaje de la cuota de organismo. Todo aparece allí entrelazado, indivisible, pues ahora sí, si Mecánica expusiera sus razones (consecuencia real del escalpelo y ya no efecto incorpóreo, como atributo de «ser cortado», que las lecturas de Vaschetto rescatan de la filosofía estoica), sería el fin, la muerte: un cuerpo que cae, o como bien ilustra el autor –también en un libro anterior: Ser loco sin estar loco–, la decidida e irreversible de-fenestración.
Un cuerpo, entonces, solo admite razones para el alma, y más todavía si cae. Leer este libro durante una convalecencia, a pocas semanas de haber transitado el quirófano en una institución hospitalaria, hace comprender aquello que Lacan decía acerca de Joyce –que seguro gozó escribiendo el Ulises, dado que se goza leyéndolo–, puesto que durante este tipo de caídas, que a veces son re-caídas, uno se sorprende de hallar en la lectura, buenas razones para «flotar».
Ejemplo es un párrafo que no quisiera dejar de citar, donde Vaschetto refiere el «perímetro de la angustia» y dice:
Pensemos por momentos en un libro, un libro rectangular, por ejemplo –como son los libros en su gran mayoría–. Ese rectángulo es un marco que evita que las palabras salgan y se escabullan, que los caracteres vuelen por el aire. Pero ese marco no tiene sentido en sí mismo, sino por ser el perímetro que da su contención.
Pues este fragmento, así delimitado, no solo tuvo el buen tino de recordarme algo que Borges solía evocar –que él, cuando era chico, se asombraba de que por las noches las letras de los libros no se entremezclaran unas con las otras, dado que al día siguiente todas continuaban en el mismo sitio que entonces–, sino que además, sumado a esta anécdota, se me antojó que también indicaba, como una pequeña grieta en el lenguaje, un imposible que la Ciencia trata hoy de escindir, escalpelo en mano (y no precisamente estoico…), sin demasiadas preocupaciones acerca de lo que ello pueda significar.
Sabemos que un sujeto preexiste al cuerpo, por ejemplo en el niño por nacer que los padres hablan y sueñan; y sabemos también que un sujeto puede sobrevivir al cuerpo, por ejemplo Macedonio, quien –como García explicaba– «estuvo presente y ya no está más, está ausente y ahora, estando ausente, está en aquello que lo nombra. Esto –concluía– es la lógica del significante» Pero lo cierto es que hasta ahora, esos sujetos separados de una forma orgánica, requerían, para poder existir verdaderamente –digamos mejor: para poder acontecer–, de otros cuerpos que les prestaran, por así decirlo, el goce del cual se encuentran desposeídos en tanto que meras entidades de lenguaje, ya que de lo contrario seguirían siendo nada, meros soplos de la voz, o a lo sumo, como en el recuerdo de Borges, un libro cerrado cuyos significantes solo pueden entremezclarse, dando lugar a algo más –esa otra cosa que llamamos un acontecimiento de cuerpo–, en el encuentro con el ojo vivo del lector.
Pero ¿qué tal si pudiera haber un lenguaje, ya no gramatical, sino un lenguaje en el sentido lacaniano –o más bien freudiano– del término, que pudiera prescindir de toda encarnación, de todo goce –aun vicario– y que aun así pudiera hacer que las palabras se salgan de sus límites, y se escabullan, volando por los aires? Entonces los acontecimientos ya no serían de cuerpo, y, sin embargo, algo acontecería…
Creo que este libro no solo nos muestra entonces lo que pasa (o lo que puede pasar) cuando aquel «perímetro» falta, sino que anticipa además las posibles consecuencias de una nueva caída en el espíritu Ilustrado, lo cual representa –ya lo sabemos– una recaída en el Mythos. Para considerar el aviso, basta con pensar en cómo los «enlaces falsos» que Freud ya descubría en el Proyecto de una psicología para neurólogos se convierten hoy en día –y acaso de manera insospechada– en el modelo de los enlaces verdaderos de una supuesta inteligencia; si bien es cierto que, para percibirlo, se hace preciso atender menos a la «historia conocida» que a los pequeños detalles, a veces garabato, que esa Historia quizás haya mantenido demasiado al margen. Vaschetto, entonces, aunque recurre al caso Eckstein, nos brinda un ejemplo de esta manera de mirar cuando decide poner su atención menos en el archisabido historial –quiero decir: en su relato– que en las marcas que éste ha sabido dejarnos: ese «esquema diagramado por Freud» a partir del caso de su paciente, donde Vaschetto repara, en la parte inferior, en «una figura extraña, sin nombre, como si fuese la representación de un pájaro». «Es el trauma –arriesga– como acontecimiento, resto de memoria con el que cada síntoma amasa su anacronismo…» si bien ahora yo no quisiera detenerme tanto en el desciframiento como en el asombro inicial: esa extraña figura donde no hay representación alguna –ni círculos ni puntos, dice– pero en la cual pareciera que «se agitan alas u ondas, como si arrojásemos una piedra en un estaque» pues ella, en su manera indistinguible, condensa toda la fuerza de las catexias en aquel tempranísimo Freud; todo ese empuje reunido e indestructible que arremete, como pura deriva, hasta hacer brotar aquel tipo de acontecimiento que llamamos un cuerpo, y que hoy –en algunas cosmovisiones– se pretende reducir a una pura función estadística del lenguaje reducido, además, a su hueca forma de «muro»
Que ese caudal se le apareciera a Vaschetto en la forma de un pájaro, no me parece menor. Después de todo, aunque suene a ciencia ficción –y haya quien pueda mirar de soslayo–, el autor culmina apostando por las invenciones («… perdido el instinto –escribe– sin Otro que sostenga la escena, quedan inventos. Se baila con lo que se tiene»), quizás debido a que tuviera presente que El hombre ilustrado de un notable inventor (Ray Bradbury, pues hay que nombrarlo), era literal: un cuerpo íntegramente dibujado, totalmente recubierto por tatuajes, que a su vez componían el corpus (las historias) del libro.
Pero ese cuerpo, que los antiguos estoicos también hubieran llamado «incorpóreo» ¿estamos seguros de que persistirá? La respuesta, lector –si aún persistes–, quizás haya que buscarla en las páginas que Vaschetto dedica, en este libro, al «aburrimiento»





