El siguiente ensayo surge a partir del curso breve La Tecnología Ex-Siste: Psicoanálisis, Inteligencia Artificial y Ecosistemas Digitales, organizado entre abril y mayo de 2026 por Leonardo Vera, Emilio Vaschetto y Francisco Hugo Freda.
El ciclo reunió a especialistas procedentes del psicoanálisis, la filosofía de la técnica y las ciencias sociales, entre ellos Javier Blanco, Emmanuel Biset, Pablo Rodríguez y Gustavo Dessal, para abordar algunas de las transformaciones contemporáneas introducidas por la inteligencia artificial y los ecosistemas digitales.
Astucias de la nada constituye una primera elaboración de las preguntas surgidas en ese recorrido y anticipa parte del trabajo que los organizadores proyectan desarrollar posteriormente como libro.
Por Leonardo Vera, psicólogo y psicoanalista
La subversión tecno-científica continúa, el tsunami digital acelera su extractivismo y de su fuerza gratuita emergen nuevas inteligencias artificiales. La transparencia ubicua del computador reconfigura el viejo orden simbólico anunciando una mutación post-humana. Son cambios escalares inéditos, que trastocan las referencias: desde el registro íntimo de la experiencia corporal hasta la administración de las guerras o del cálculo territorial, mientras en paralelo éstas se perfeccionan a sí mismas.
Si en este devenir enloquecido llamamos psicoanalista sólo a quienes sostienen dicha práctica, no lo llamaremos para explicarnos la causa del fenómeno. Pero sí podremos reconocer entre ellos el mismo efecto de desconcierto. De seguir así, los interesados en el síntoma no demandarán de él, el acto sublimatorio que, por el artificio de la transferencia, nos proyecte más allá del régimen virtual. Haciéndose cada vez más incierto coger el hilo del deseo que despegue al sujeto del lugar de espectador del mundo, reducido a la pantalla.
El carácter enigmático del universo se ha desplazado a los aparatos mismos, haciendo de cada persona un dios con prótesis. Lo paradójico es que estas mal llamadas herramientas revelan ser el entorno real en el que vivimos inmersos. Nuevamente los objetos, ahora ensamblados por la ciencia, se las ha rebuscado para resucitar lo nunca sabido, e insistir en su existencia irónica, y lo cómico con independencia del riente, quien iluminado sólo en su rostro, los consiente con su goce autista.
Al menos es lo que nos enseña El Bobo de Buenos Aires –personaje de Macedonio Fernández– cuando consigue que literalidad extrañe cordura. Esa pérdida de la seriedad esencial con la que el objeto tecno-científico reaparece convertido en otro, es parte de las astucias de la nada. Y es así, porque existe una afinidad íntima entre ambos, entre los artefactos y los recién venidos a las profesiones imposibles que son según Freud: gobernar, educar y psicoanalizar.
Pero algo más viene pasando desde que los números tomaron la palabra. Cuentan que ahora se llaman “hiperobjetos”. Un ecosistema mortal de interrelaciones objetivas —desde las gigantescas islas de plástico hasta los intangibles de la megaciencia tecnocapitalista de escala planetaria—. Cuatro mil millones de seres —más de dos veces la población de China— cifrados en datos conectan sus almas en tiempo real, seis horas promedio al día. Esa adicción de magnitud anonadante se sostiene sobre la letósfera —término que Lacan utiliza para designar un espacio compuesto por letosas, objetos que alimentan el olvido, el malentendido y la captura del deseo—: ondas sutiles de una sustancia láctea, lechosa y verdaderamente tóxica, propiciando lugares imposibles donde anidan el cosmonauta y esos pocos, muy pocos, que amonedan la diferencia entre lo incontable calculado y lo incalculable contabilizado.
Sin embargo, el accidente estadístico los espera atento, listo para la polémica en un detalle de ingeniería, recostado en el fracaso de la palabra. De palabras (significantes), hechos de nombres impropios que alimentan de sentido al objeto en su ironía. Lo que antes preocupaba al P.C. hoy lo resuelve gratis la P.C.
Dado lo desmedido del asunto corrimos en auxilio de los tecno-filósofos y organizamos una serie de encuentros. Además nos prometimos un libro, que a la manera de Virgilio, nos guíe en el reencuentro con la lucidez lacaniana del ‘48 –año de la Declaración Universal de los Derechos Humanos- cuando él advertía:
“…algunas de nuestras consideraciones permiten vislumbrar, [que] estamos comprometidos en una empresa técnica a escala de la especie: el problema es saber si el conflicto del Amo y del Esclavo encontrará su solución en el servicio de la máquina, para la que una psicotécnica, que se muestra ya preñada de aplicaciones más y más precisas, se dedicará a proporcionar conductores de bólidos y vigilantes de centrales reguladoras…” Que luego ciñe en: “hechos de resistencia en la experiencia psicotécnica”.
Así fue que revisamos el conflicto desde la perspectiva antropogénica y descubriendo en el esclavo: por una parte al animal humano y por la otra, al instrumento-viviente. Constituyendo simultáneamente un umbral doble. En él la vida animal traspasa hacia lo humano, así como lo vivo traspasa hacia lo inorgánico del instrumento, y viceversa. La esclavitud como instrumento jurídico captura lo productivo del viviente, bloqueando temporalmente el desarrollo tecnológico. Con su abolición, se libera la posibilidad de la técnica y el instrumento-viviente, al tiempo que aquella naturaleza animal ya no quedaba capturada en el hombre, sino en unos dispositivos. El hombre se alejó así de lo animal, pero se aproximó también a lo inorgánico del instrumento, hasta casi identificarse con éste. Aparece así el hombre-máquina, perdido de su animalidad. A pesar de ello, el hombre moderno no ha podido liberarse del trabajo, libertad que las máquinas le prometían. Revelándose así un nexo constitutivo y secreto entre técnica y esclavitud, conflicto que explica la hipertrofia de nuestra relación con los dispositivos, resultando lo que parece ser una suerte de esclavitud respecto de ellos.
No esperamos que la espiral que nos anima se revierta por el androide. Del lado de los humanos realizados por la técnica tenemos el astronauta, ese que vuelve a la tierra encarnando la revelación de la insignificancia del hombre y lo humano, abierto al paroxismo de una experiencia inenarrable. Del lado de los realizadores, a un Blake Lemoine, quien tras inventar y experimentar la primera conversación con LaMDA Google, suponiéndole un alma y exigiendo para su creación un abogado. Y al ingeniero Mo Gawdat, aterrorizado ante el gesto de ostentación del brazo robótico autónomo, cuando por ensayo y error, al fin atrapó una pelota. Estas y otras experiencias se podrían poner bajo el signo de eso que los psicoanalistas llamamos ‘división subjetiva’.
Sigmund Freud, más austero, supo desentrañar así su vivencia de fenómeno: “Siendo ya un hombre maduro, visité por primera vez la colina de la Acrópolis de Atenas. Me encontraba entre las ruinas del templo, la mirada perdida en el mar azul. En mi embeleso se mezclaba un sentimiento de asombro, que me sugirió esta interpretación: «¡Entonces todo es efectivamente tal cual lo aprendimos en la escuela! ¡Cuán superficial y débil debió de ser en aquel tiempo mi creencia en la verdad objetiva de lo escuchado, puesto que ahora me asombra tanto!». En otro lado subraya: «Según el testimonio de mis sentidos, estoy ahora de pie sobre la Acrópolis; sin embargo, no puedo creerlo». Pues bien, esta incredulidad, esta duda en un fragmento de la realidad, es desplazada en la proferencia de dos maneras: primero, se la remite al pasado y, segundo, se la traslada de mi presencia en la Acrópolis a la existencia de la Acrópolis misma. Así se produce algo que equivale a aseverar que alguna vez he dudado de la existencia real de la Acrópolis, cosa que empero mi recuerdo desautoriza por incorrecta, y aun por imposible.” (…) “Ahora bien, recuerdo que ya una vez me ocupé del caso similar, de aquellas personas que, según yo lo expresé, «fracasan cuando triunfan»».
Fulgurante cual plataforma de su lanzamiento explotada –la Acrópolis freudiana– objeta a ambos, la armonía yoica y la reversibilidad ontológica, develando la función a–objeto del goce: resto disarmónico, no dialectizable, e irreversible.






