A partir de la figura de Johnny Carter y del universo de Macondo, el texto traza una lectura del presente atravesada por dos fuerzas que ya no organizan mundo: el nihilismo y la disponibilidad técnica. No se trata aquí de explicar ni de diagnosticar, sino de hacer visible una experiencia: la de un medio que ha dejado de sostener. Entre el agujero y la saturación, entre la pérdida de sentido y la hiperproducción de lo disponible, lo que aparece es la dificultad creciente para construir realidad compartida. El texto no propone una salida: sitúa una posición desde la que esa dificultad puede ser percibida.
Por Jorge de los Santos, escultor, pintor y analista cultural
Apertura
Bruno lo encuentra demacrado, sentado en la cama del hospital. Ha huido en pleno concierto, pisoteado el saxo, quemado una habitación de hotel y se ha paseado desnudo por el pasillo. Johnny, ahora algo más sujeto, conversa con Bruno: «Eso era lo que me crispaba, Bruno: que se sintieran seguros. ¿Seguros de qué, dime un poco, cuando yo, un pobre diablo con más pestes que el demonio debajo de la piel, tenía bastante conciencia para sentir que todo era como una jalea, que todo temblaba alrededor, que no había más que fijarse un poco, sentirse un poco, callarse un poco, para descubrir los agujeros? En la puerta, en la cama; agujeros. En la mano, en el diario, en el tiempo, en el aire: todo lleno de agujeros, todo esponja, todo como un colador colándose a sí mismo… Pero ellos eran la ciencia americana, ¿comprendes, Bruno?». Así lo cuenta Julio Cortázar en El perseguidor. Johnny lo ha visto: «agujeros» y «ciencia americana». Ha tenido la experiencia de la incomprensible seguridad que intentan transmitir esos hijos «del Kleenex y del Támpax» que, frente a lo real del agujero, son tan insignificantes y cómicos como «un mono con un plumero». «Agujero» y «ciencia americana» —que Gilbert Simondon situaría en lo «preindividual», aquel caos problemático que origina, guía y conforma lo individual como solución transitoria— son los campos de posibilidades del nihilismo y de la tecnología. Dos fuerzas inerciales y ciegas que, en nuestro tiempo, estructuran la realidad. Dos tensiones que, por desbocadas, devienen hoy un destino.
El vacío es una condición ontológica problemática de la que el nihilismo es una mala solución. El nihilismo no es el horror por la certidumbre de orbitar alrededor de nada. Es el horror por no saber qué hacer con esa nada. Por no poder construir ninguna sujeción a partir de ella. Por engendrar una realidad en la «que todo era como una jalea», que siempre amenaza con derrumbarse, que se mantiene, si acaso, precariamente, sin fundamento, en la «continuidad fatídica» que anunciaba Ludwig Binswanger, solo interrumpible por un «súbito aterrador» (que aterra no tanto por caer, sino por no haber ni tan solo un suelo al que caer). El nihilismo es una crisis creativa, una estructuración en la agenesia: la incapacidad de hacer salir algo de la chistera. En él se da la torpeza pueril de sustituir el «soy» por el objetable y deslavazado «yo». Un «yo» tan abandonado, tan solo, tan fracturado eróticamente, que no encuentra más forma de sujetarse que tirándose de su propia cabellera. Pierde la propiedad de reconocer y ser reconocido. La caída erótica desarraiga al sujeto: no conforma mundo, no encuentra relaciones significantes; se le muere el campo simbólico. Nada empieza a significar «nada». El nihilismo no es ver la «falta»: es querer tapar, a cualquier precio, lo que no se puede —ontológicamente— tapar. Atorar esa «falta» lacaniana, esa imposibilidad de determinabilidad que hace del «soy» el que se pregunta, creativamente y de forma trágica, por ese «no ser» que también es. Una «falta» obstruida desteje al sujeto. Obstruir es también una mala solución, nutrida por la hiperproducción de signos y la hiperproducción de mercancías. Datos y mercancías bloquean. El nihilismo es la pérdida de fe. No confiar: sin confianza no hay estructuración posible. No es que Dios haya muerto; es que ha muerto el sujeto al que Dios le hablaba, al que podía hablarle, el que confiaba en que algo que lo trasciende podía susurrarle. Sin confianza no hay estructuración porque no hay erotismo (el «tener que ver» con los demás) ni criterio selectivo desde dónde partir (capacidad crítica). En el nihilismo no existe el hecho —aquello que, para darse, debe poder ser interpretable y que aposenta la verdad— ni aquello sometido al principio de falsabilidad, que es la propia verdad (pilastra de soporte de la techumbre de la realidad). La verdad es, para Friedrich Nietzsche y su martillo, un «tratado de paz». Sin ella, solo resta un destino: el más grande bellum omnium contra omnes, la guerra de todos contra todos, el desfondamiento en la locura. En el nihilismo no hay tampoco curación (ni transferencia, ni vacuna). Sin confianza nos volvemos crédulos: al no creer en nada, lo creemos todo. Desconfiando, perdemos el sentido de la autoridad y, con ella, la capacidad de establecer el límite: nos desbridamos.
A lo segundo que ve Johnny, Martin Heidegger lo llamó «Gestell». Todo lo que conforma mundo se nos presenta como un recurso que debe ser ordenado, optimizado y explotado. «Lo disponible» conforma la totalidad. Sobre ese armazón preindividual emerge como solución la técnica: la «ciencia americana» que Johnny ve, la «cinta americana» que todo lo arregla, que todo lo sujeta, que sirve para todo. Esa necesidad de generar lo que José Ortega y Gasset llamaba la «sobrenaturaleza» —para conseguir el objetivo final no de «estar», sino de «bienestar»— es fuerza ontológica en la conformación del individuo. «Lo disponible» se entroniza, desde Sócrates, con un procedimiento sencillo: todo lo real es racional y todo lo racional es real. Como es «razón», es manipulable, adaptable, puesto a nuestro servicio. El «sueño de la razón», esa culminación de la mathesis universalis —todo lo que posibilita darse a ser opera calculando en función de algoritmos—, despierta en lo humano lo que Günther Anders llamó, allá por 1956, «vergüenza prometeica»: la humillante certidumbre de que hemos sido sobrepasados, que devenimos sustituibles, cosificables, que nos hemos convertido en un animal que, además, estorba. Pensar, si es solo procesar, nos deja en desventaja: somos lentos, nos distraemos, nos acogemos a aquellas «ciegas esperanzas» que apuntara Esquilo, tenemos una sorprendente capacidad para «hacernos el tonto» que las máquinas no tienen. Infalible, exenta de «error de cálculo», la aceleración de lo computacional nos deshace el mundo: nuestros sistemas temporales de comprensión colapsan. Intentar comprender algo es como averiguar si hemos metido las bragas verdes en la lavadora cuando esta centrifuga a 1.200 rpm. Todo se ve negro; hasta la rotación se invierte. La «seguridad» de la «ciencia americana» acabó generando los agujeros que ve Johnny. El tenerlo todo disponible ha convertido el todo en indisponible: una realidad que es «un colador colándose a sí mismo».
Nihilismo y disponibilidad engendran en nosotros, de forma inercial —fuera de alcance y voluntad—, la imposibilidad de alcanzar una unidad de sentido. A la necesidad de conformar el rompecabezas se nos impone la incapacidad de un horizonte de significado. En el juego no se obtiene premio. Un intento desesperado, este de conformar el puzle del mundo y de la sujeción, porque las piezas llegan —las compramos— como una avalancha de signos fragmentarios, simultáneos, exentos entre sí y, además, intercambiables unos por otros. Al carecer estas apelaciones de la infoesfera de «sintaxis» (no tienen orden), no permiten «estrategia» (no se pueden ordenar). El sujeto pierde la capacidad de articular cognitiva y simbólicamente el fenómeno. El tiempo deja de ser aquello que «se ha inventado para que todas las cosas no pasen a la vez» y entramos en el pensamiento mitológico de la simultaneidad del «bit», en el que una tortuga puede sostener el mundo y a aquella otra, y así hasta el fondo. El rompecabezas deviene un rompe cabezas. La realidad —aquello que podemos conocer de todo lo que se da a ser— se opaca. Solo queda la guerra y la locura.
Los habitantes de Macondo ven venir la epidemia de olvido, como Johnny vio los agujeros. La realidad de Macondo va a desvanecerse de manera inminente. Gabriel García Márquez les hace escribir en rótulos, en diversas partes del pueblo, dos fundamentos de la realidad para que no la olviden: «Macondo. Dios existe». Para que el nihilismo de la desmemoria no descuartice la realidad. La realidad —aquello que conforma lo común, aquello de lo que todos podíamos hablar, discrepar, interpretar o aplicar la perspectiva— ahora se desmenuza. Si la realidad se desfonda, se desfonda la palabra. Solo queda la locura o la guerra. Sin realidad, lo virtual pierde su referencia. Perdemos el emplazamiento de lo uno con relación a lo otro. Diego Velázquez y luego Francis Bacon generan una virtualidad sobre la realidad de Inocencio X. Hoy la relación se pervierte: las realidades virtuales —eso que vemos con nuestros propios ojos a poco de entrar en una red social— surgen de nada (nunca existe un Inocencio X) y llevan a nada. Conforman una realidad inexistente, sin vínculo con referente alguno: significantes sin significado, chapurreos que nada dicen, que no resguardan y de los que nada cabe esperar. Dejamos de confiar en ella, de esperar algo de ella. Sin realidad se desata el amarre y perdemos el campo simbólico: se entroniza aquello de «cada loco con su tema». Psicópatas e idiotas, narcisistas y desbridados —grandes subjetividades resultantes de nuestro tiempo— disipan la realidad que compartíamos. Antes de que desaparezcamos por un obús, por un ciclón, por un mal bicho o por cualquier otra realidad, nos acometerá otro apocalipsis más irónico y bizarro: perder la realidad en sí misma, dejar de verla. Solo nos quedará el agujero y dos carteles, mal escritos, en las calles de nuestra aldea. ¿Comprendes, Bruno?





