Más que un cambio de contenidos, lo que se modifica es la estructura misma del relato: de la elaboración narrativa a su registro inmediato. A partir de referencias clínicas, literarias y culturales, el texto explora cómo la época tiende a sustituir la trama por la inscripción de lo vivido, transformando no solo la escritura de sí, sino también las formas del lazo social.
Notas sobre la escritura de sí en la contemporaneidad
Por Antonella Sorrentino, psicóloga y practicante del psicoanálisis
Vector de desplazamiento del relato al registro
Hay algo que se ha desplazado en la forma en que hoy se escribe la experiencia. Para intentar situarlo, me he servido de un pequeño auxiliar de lectura: una oposición binaria entre dos géneros —la novela y las memorias— que me ha permitido ordenar ciertos ejes que, de otro modo, aparecían dispersos o demasiado tangenciales.
Esta ocurrencia, más cercana a una intuición que a un concepto, encuentra un primer apoyo en una referencia freudiana. En 1908, Freud recurre a la estructura narrativa para explicar la neurosis en La novela familiar de los neuróticos. Allí sitúa al neurótico como alguien que construye una trama: una puesta en escena que permite separarse de los padres a partir de un saber adquirido sobre ellos —la dimensión sexual como condición del nacimiento. La novela familiar funciona entonces como una formación de compromiso: una invención que envuelve el enigma del goce de los padres, sin resolverlo del todo, tejiendo una estructura de ficción.
Si tomamos esta indicación como punto de partida, podríamos leer en isomorfía la estructura de dos géneros literarios con dos estructuras clínicas. Mientras que en la novela opera la represión, produciendo una ilusión de verdad sostenida en una trama, en las memorias predomina un registro de sucesos sin conflicto organizador; lo que ordena es el tiempo.
Este auxiliar de lectura, que en un primer momento, que en un primer momento servía para distinguir estructuras clínicas, permite también interrogar algo del presente. Podríamos decir que se ha producido un pasaje del relato al registro.
La novela, como género, se define por la coexistencia de múltiples voces y conciencias que se entrelazan en una trama sin que ninguna posea el sentido absoluto. En la cultura, esta polifonía encontraba su articulación en grandes relatos que operaban bajo la lógica de lo que Lacan llamó el Nombre del Padre, del mismo modo que en la novela clásica el narrador sostenía la cohesión del conjunto.
Tal vez lo que constatamos hoy es una mutación: de ese relato polifónico a una forma más fija, más cercana al registro monológico de las memorias. O incluso, más precisamente, al diario íntimo. Ese género que, surgido con la noción moderna de individuo, desplaza la escritura hacia la primera persona y hacia una temporalidad de lo inmediato.
Este desplazamiento no es del todo nuevo. Puede rastrearse en la transformación de ciertas formas de escritura de sí. Alrededor de 1800, el diario íntimo emerge en la confluencia de dos corrientes: la romántica, con su exaltación de los sentimientos, y la científica, con su ambición de observación sistemática. Entre Locke y Rousseau se configura así un género híbrido, donde la experiencia comienza a registrarse en primera persona.
Con el tiempo, esa escritura se irá despojando de su carácter secreto. Lo íntimo comienza a publicarse. El pasaje de las memorias familiares al diario íntimo marca ya un primer movimiento hacia una forma de registro de la experiencia, donde la narración cede progresivamente ante la inscripción.
Hoy, ese movimiento encuentra en las redes sociales su escenario privilegiado. Lo que aparece allí no es tanto un relato como un registro continuo de lo vivido, sin mediación narrativa ni elaboración diferida. La escritura de sí se transforma: ya no se trata de elaborar una experiencia, sino de inscribirla.
Conversando con un amigo, comentábamos cómo la introspección ha cambiado de lugar. El diario íntimo, como espacio de elaboración, ha cedido terreno a una exposición inmediata de lo íntimo. El muro de las redes no funciona como un diario: es otra superficie de inscripción. Lo íntimo deviene éxtimo.
En este nuevo régimen, no importa tanto la verosimilitud como la indexicalidad: “esto pasó”, “esto comí”, “aquí estuve”. La imagen del cuerpo opera como garante de verdad, mientras que la palabra pierde su función de sostén. La experiencia ya no necesita organizarse en un relato: basta con que quede registrada.
Si las novelas de formación buscaban la unidad del sujeto a través de una historia, en el scroll infinito encontramos fragmentos de yo que no se articulan en una trama. Lo que se despliega no es una narración, sino una sucesión de instantes.
Este funcionamiento no se limita al plano de la escritura. Puede leerse también en el lazo social: identificaciones rápidas, algoritmos que devuelven una imagen de sí, comunidades que funcionan como espacios cerrados donde el reconocimiento sustituye al conflicto.
Más que narrar la experiencia, el sujeto contemporáneo parece orientada a registrarla, como sí la inscripción inmediata sustituyera a la necesidad de construir un relato. Estas notas ensayan una lectura a partir de este binario —novela y memorias— como una forma de pensar cómo una época se relaciona con el relato de sí.
Nota editorial
En Xoroi estamos trabajando con Antonella Sorrentino en un ensayo que propone una articulación poco habitual entre psicoanálisis y literatura: pensar la diferencia entre neurosis y psicosis a partir de dos formas de escritura —la novela familiar y las memorias—. El texto avanza sobre una hipótesis exigente: no se trata de aplicar categorías clínicas a la literatura, sino de dejar que ciertos géneros iluminen modos distintos de relación con la memoria, el lenguaje y el origen. La apuesta no es temática, sino estructural: allí donde la novela se teje alrededor de un olvido, las memorias hacen aparecer otra relación con el tiempo y la verdad. Un texto que no superpone campos, sino que los hace trabajar en tensión.




