Despues del almuerzo

Despues del almuerzo

Sostener al otro cuando aparece el deseo de abandonarlo: una condición para que el acompañamiento pueda convertirse en hospitalidad.

“Pequeños textos para la valija del clínico” presenta

Por Joaquín Lozano, psicólogo y practicante del psicoanálisis 

Después del almuerzo, de Julio Cortázar

La pregunta que Pablo Odell propone para este número –¿cómo sostener sin capturar?– pone en juego la relación que tenemos con el otro. No me refiero al otro imaginario ni al Gran Otro, tesoro de los significantes, sino al otro en tanto alteridad, y a cómo, desde la práctica, se lo aloja.

Esta cuestión regresa una y otra vez. A diario encontramos en la clínica personas, situaciones y saberes que exceden lo que esperamos o incluso lo que querríamos recibir, justamente porque el otro es otro. Es cierto que no hay análisis sin el consentimiento del analista para que eso suceda. Pero también es cierto que, si el psicoanálisis está concernido por lo público, esa alteridad adopta formas que vuelven extraños incluso nuestros propios dispositivos. Alguien es traído porque grita sin parar, otro tiene un apetito de cocaína tan voraz que arrasa con quienes lo rodean, un tercero huele mal.

Y uno intenta sostener. Alojar las demasías. Sostener sin capturar ni dejar caer. Pero ¿hasta cuándo? ¿Y cómo? Jacques Derrida propone pensar al otro como aquel que llama a la puerta de nuestra casa para entrar. Un extranjero. Alguien cuya llegada nos obliga a preguntarnos cómo recibirlo. Creer que esa hospitalidad puede ser completamente incondicional no sólo desconoce la lógica de los dispositivos donde trabajamos; también convierte la hospitalidad en un ideal que fácilmente encuentra su reverso. Según Derrida, nada más fácil que desotrar al otro para que deje de molestar. Para que sea recibido como nosotros queremos recibirlo. Para que sea sostenido como nosotros queramos sostenerlo. Para que sea tolerable.

Es en este punto donde “Después del almuerzo” me parece un texto fundamental para el clínico. Este cuento de Cortázar empieza así: “Después del almuerzo yo hubiera querido quedarme en mi cuarto leyendo, pero papá y mamá vinieron casi en seguida a decirme que esa tarde tenía que llevarlo de paseo”. La primera vez que lo leí, años antes de empezar a hacer clínica, pensé que hablaba de un perro. Pero a medida que el cuento avanza, y en esto está el genio de Cortázar, aquel o aquello que se saca a pasear, se va volviendo cada vez más difuso. Uno espera una definición, una referencia, un signo, y sin embargo, nada, el cuento sigue.

¿A quién, entonces, se saca de paseo? Al otro. Al otro en su mayor radicalidad. Al otro en tanto no se lo puede definir, o clasificar, o incluso, por momentos, humanizar. Entonces, siguiendo esta idea, ¿cómo sigue el cuento?

El narrador, en primera persona, lo lleva de paseo, fuera de su casa, por pedido de sus padres. Van al centro, con todas las complicaciones que eso implica, saltando charcos, sentándose donde se puede en el colectivo, cruzando las avenidas a regañadientes. Y en cada instancia, el muchacho se harta y se agota más. Hasta que, como quien no quiere la cosa, le viene la idea de dejarlo. De abandonarlo. De largarlo, librado a su suerte, lo que conlleva la suerte de librarse de él.

Y lo deja. En Plaza de Mayo, nada más y nada menos.

La potencia del cuento de Cortázar es que se anima a contar una historia donde se deja al otro. Pero entonces, sucede algo. El protagonista avanza a las galerías, cuando comienza a sentir un dolor en el estómago. Se angustia. Se quiere limpiar la cara y se raspa con una hoja seca en su pañuelo que quedó de pasear con el otro. Y entonces vuelve a buscarlo. Y al regresar, termina preguntando si a sus padres también se les cortará el rostro con las hojas secas entre los pañuelos.

Cuando lo leo, leo a alguien que vuelve a sostener al otro, no a pesar de haberlo dejado, sino porque lo dejó. Sostiene al otro quién ha sido marcado por la experiencia de dejar al otro y puede atravesarla. Pero también, sostiene al otro quien sabe que los terceros también están marcados por las experiencias del encuentro con lo otro, lo diferente, lo que no dice palabras, lo que se mueve como loco de aquí para allá; en última instancia, sólo quien ha sido dejado solo puede conocer la importancia de acompañar al otro, y yo aun estoy por conocer al clínico que, aunque sea por un ratito, en una tarde de guardia, no se haya sentido un poco dejado solo.

Xoroi Edicions
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