El catálogo como medio
Viendo cómo ya piensa
No salimos del él para pensar el sujeto. Lo encontramos ahí donde ya estamos leyendo. En los libros. En las frases que vuelven. En aquello que no termina de cerrarse.
Los autores que lo forman, son un lugar donde ciertas cuestiones insisten. Donde algo se repite sin ser lo mismo. Donde una idea aparece en un libro, se desplaza en otro, y en un tercero ya no se deja reconocer del todo. No hace falta recorrerlo entero para notarlo. Basta con quedarse un poco más de lo habitual.
Clínica
Hay una zona del catálogo donde el sujeto aparece como punto de tensión. No como algo que se define, sino como algo que insiste. Ahí la clínica se presenta como una práctica que bordea lo que no termina de encajar: el síntoma, el exceso, el cuerpo, la urgencia. No se trata de resolverlo, sino de sostenerlo.
En esa zona se cruzan trabajos como los de José María Álvarez, Fernando Colina o Elena Ascárate, donde la clínica se despliega en su propia dificultad. También ahí aparecen autores como Domenico Cosenza o Emilio Vaschetto, en los que el sujeto no coincide consigo mismo y la intervención busca situar. En otros momentos, esa misma tensión toma formas más discretas, pero no menos exigentes, como puede verse en los trabajos de Patricia Karpel o Luis Iriarte Pérez, donde lo clínico se presenta como algo que se infiltra en la experiencia misma.
En todos ellos aparece algo parecido: la clínica como lugar donde el sujeto no termina de estar en su sitio.
Condición
En otros momentos, lo que aparece es el entorno. Como si lo que llamábamos contexto se hubiera acercado demasiado. La tecnología, la velocidad, la forma en que circula el lenguaje… ya no quedan fuera. No es que condicionen lo que hacemos. Es que están dentro.
Algunos textos del catálogo se sitúan ahí, sin tomar distancia. En trabajos como los de Gustavo Dessal o Toni Talarn, ese desplazamiento no se describe: se atraviesa. También en las escrituras de Josep Maria Panés o Héctor Gallo aparece algo similar, como si el pensamiento ya no pudiera situarse fuera de las condiciones que intenta pensar. En esa misma línea se inscriben trabajos como los de Silvia Fendrik o Pablo Odell, donde lo contemporáneo funciona como una presión constante sobre la forma misma de escribir y de pensar.
No se trata de tomar posición frente al presente. Se trata de ver hasta qué punto ya estamos dentro de él.
Lenguaje
También hay un punto en el que el problema deja de ser lo que se dice y pasa a ser desde dónde puede decirse. Ahí la escritura deja de ser un medio transparente y se vuelve un lugar extraño. Algo se desplaza entre relato y registro, entre memoria y construcción. Como si las palabras llegaran un poco antes, o un poco después.
En esa línea aparecen trabajos como los de Antonella Sorrentino o Marisol Robles, donde la escritura más que organizar el sentido, lo deja en suspenso. También en las propuestas de Núria D’Asprer o Regina Bayo-Borràs aparece esa misma inestabilidad, como si el lenguaje no terminara de coincidir consigo mismo. En otros casos, como en los textos de Bruno Bonoris o Jorge de los Santos, lo que se produce es un pequeño desplazamiento: el sentido no desaparece, pero deja de estar asegurado.
Se trata de ver qué ocurre cuando el lenguaje ya no puede sostener del todo lo que dice.
Vínculo
Y luego está el vínculo. La relación con otros —en la clínica, en la institución, en la lectura misma— ya no se deja pensar como algo exterior. Está ahí desde el principio. Pero no siempre de la forma en que creemos. A veces acerca. A veces muestra una distancia que no sabíamos que estaba.
En ese registro trabajan autores como Sandra Caponi o Rafael Huertas, donde lo relacional se presenta como aquello que ya está configurando la posición desde la que se interviene. También en las aportaciones de Begoña Olabarría o Dolores Castrillo Mirat aparece esa misma tensión, donde la institución no organiza el vínculo, sino que lo pone a prueba. En otros casos, como en los trabajos de Juan Pablo Lucchelli o Gretel Abed Hekimian, lo que se juega es la forma en que esta se sostiene o se interrumpe.
Se trata de intensificar el vínculo, y de ver qué tipo de relación ya está en juego, incluso cuando no la reconocemos.
Nada de esto forma un mapa. Si uno intenta ordenarlo demasiado, se pierde. Los libros no están alineados. No avanzan en una dirección clara. Se tocan, se contradicen, se empujan. A veces se ignoran. Y, sin embargo, algo circula. Algo que no pertenece a ninguno en particular, pero que aparece cuando se los lee en relación.
Eso es el medio.




