Por Marisol Robles, escritora, editora y gestora cultural
Vector encarnado del vínculo
Hay vínculos que no se anuncian como tales. No llegan con grandes declaraciones ni con promesas de permanencia. A veces se presentan en forma de un gesto mínimo, una presencia discreta, una palabra dicha a tiempo —o en silencio.
He pensado muchas veces que el vínculo no se mide por su duración ni por su intensidad aparente, sino por su capacidad de sostener algo cuando todo parece tambalearse. Hay momentos en que no sabemos exactamente qué está en juego, pero sentimos que una presencia —o su ausencia— modifica el curso de lo que somos capaces de soportar.
En la clínica, pero también fuera de ella, el vínculo no es una idea. Es una experiencia corporal. Se siente en la respiración que se altera, en la tensión que afloja, en el cuerpo que deja de estar solo frente a lo que duele. No siempre se trata de grandes revelaciones. A veces es apenas la certeza de que alguien permanece ahí, sin invadir, sin dirigir, sin apresurar.
En el Diario de la sed conviven muchas escenas donde lo decisivo no fue lo que se dijo, sino lo que pudo sostenerse. Algo que parecía destinado a caer encontró un punto de apoyo inesperado. No fue heroico ni espectacular. Fue simple. Y, sin embargo, suficiente.
Hay también vínculos que no sostienen. Presencias que pesan, silencios que hieren, palabras que cierran. La ética no consiste en idealizar el lazo, sino en reconocer su ambivalencia. En asumir que vincularse implica riesgo: quedar afectado, quedar expuesto, quedar marcado.
Tal vez la ética del vínculo tenga que ver con eso: con aceptar que no hay neutralidad posible cuando otro nos importa. Que cada gesto deja una marca. Que cada retirada también.
El cuerpo sabe antes que la teoría. Sabe cuándo algo se vuelve habitable y cuándo deja de serlo. Sabe cuándo una mirada acompaña y cuándo evalúa. Sabe cuándo una presencia permite respirar.
En un tiempo que empuja hacia la velocidad y la sustitución constante, sostener un vínculo puede ser un acto mínimo y radical a la vez. Permanecer. Escuchar sin apropiarse. No ocupar el lugar del otro. No adelantarse a su palabra.
No se trata de salvar ni de resolver. Se trata, a veces, simplemente de no dejar caer.





