Por Gretel Abed Hekimian, psicoanalista
Vector del deseo y la dignidad
¿Cómo pensar el deseo como una salida frente al malestar actual?
“¿Has actuado en conformidad con tu deseo?” Esa era la pregunta formulada por Lacan en el Seminario 7, La ética del psicoanálisis. Considerada como una de las máximas éticas del psicoanálisis, apunta a aquello que nos habita, nos atraviesa y nos deja en falta.
Vivimos en lo que Zygmunt Bauman denominó “tiempos líquidos”. Con la expansión de la inteligencia artificial y de las tecnologías digitales, esta condición se hace aún más visible. El registro imaginario parece gobernar buena parte de las relaciones contemporáneas. Gilles Lipovetsky habló de una época “hiper”: hipercapitalista, hiperindividualista, hiperconsumista, marcada por una seducción a la carta y por un imperativo de goce que se acelera sin descanso.
En este contexto, el universo de los objetos —imágenes, gadgets, consumos inmediatos— produce una forma de control sutil que, bajo la promesa de libertad, intensifica la atomización y el aislamiento. Lacan lo formalizó bajo el nombre de discurso capitalista: una maquinaria que promete satisfacción sin falta y que, precisamente por ello, deja poco espacio para el deseo, cuya condición es la falta en ser.
Los objetos taponan esa falta constitutiva del sujeto hablante. La seducción permanente del consumo funciona como una representación ilusoria de lo no vivido, reforzando una lógica individualista que debilita el lazo social.
Frente a este escenario, el discurso del psicoanálisis apuesta por otra vía. No se trata de ignorar la época —Lacan insistía en que el analista debe estar a su altura—, sino de ofrecer al sujeto la posibilidad de separarse de la alienación predominante. La ética del deseo no propone un ideal moral, sino una orientación: permitir que cada quien pueda articular un discurso más propio, más acorde con su singularidad.
Esta orientación no es únicamente clínica. Tiene una dimensión ética y política. Allí donde el empuje al goce inmediato fragmenta el lazo, el trabajo con el deseo abre la posibilidad de nuevas formas de comunidad, sostenidas en la palabra, en el cuerpo y en la presencia. Todo lazo implica un real que ninguna tecnología puede suprimir.
La ética del deseo invita a reconsiderar la relación del sujeto con su falta, con su acto y con su responsabilidad. Supone una praxis sostenida, una formación constante y el encuentro con otros —analistas, pensadores, interlocutores— que permitan sostener la transmisión y la producción de saber frente al malestar actual.
Agradezco a Pablo Odell y a la comunidad de Xoroi la invitación a pensar estas cuestiones. Solo a partir de una reflexión compartida podremos responder, cada uno desde su lugar, a los desafíos que impone la época.





