Instituciones del no todo – Por Horacio Dobry, psicoanalista
Miembro de la Escuela Lacaniana de Psicoanálisis (ELP) y de la Asociación Mundial de Psicoanálisis (AMP)
Hay protocolos porque hay sus usos.
La pregunta que se abre es sobre cuál es la orientación de quienes aplican los protocolos, de ello dependerá si están destinados a la inclusión o a la segregación de la subjetividad.
Una lectura desde la experiencia educativa orientada en el psicoanálisis comprueba que mayoritariamente los protocolos que persiguen la homogeneidad generan segregación. Los centros educativos orientados por el programa basado en los resultados suelen ser refractarios a la necesidad del lazo social, una instancia indispensable no solo para establecer un vínculo educativo, sino para establecer un vínculo a la vida misma.
Es la problemática con la que nos encontramos en las escuelas de nuevas oportunidades, a estos centros educativos llegan niños y jóvenes que no han encontrado un alojamiento amable en el sistema educativo formal. En un mundo determinado por el empuje a la felicidad y al egoísmo, el protocolo o programa, aparece como una caja de resonancia que pone en evidencia la imposibilidad de cumplir con dichos ideales.
Las consecuencias del encontronazo entre los férreos ideales contemporáneos y los protocolos resultadistas no se han hecho esperar, es asi que nos encontramos frente a un malestar creciente que se mide en la segregación de los jóvenes que no están a la altura de los ideales. Un rasgo de la contemporaneidad lo marca, precisamente, los protocolos inclusivos del sistema educativo de primera oportunidad. Estos protocolos no dejan de poner en evidencia una paradoja, cada vez son más los jóvenes estudiantes segregados por sus singularidades. Unas singularidades subjetivas que son rápidamente señaladas como déficits.
El protocolo es sin sujeto, la singularidad no entra en el programa de un amo que exige homogeneidad y resultados rapidos. A estos protocolos inclusivos que intentan regular las instituciones educativas, familiares o de salud mental, les debemos en gran medida la creciente patologización de la vida cotidiana. Todo aquel que no entra en el «programa» encuentra su respuesta a modo de trastorno, de diagnóstico prêt-à-porter y de su consiguiente tratamiento psiquiátrico y farmacológico. Cada vez son menos los jóvenes estudiantes que se ajustan al protocolo del «todos igual»
Este programa, que exige un rendimiento, una manera de ser y de estar en el mundo, atenta contra el lazo social, una instancia que requiere justamente del respeto a las diferencias. Lo que se encuentra en autentico peligro, y nunca tanto como ahora, es el mismo lazo social. Contra él atenta no solo los distintos protocolos institucionales pretendidamente inclusivos, también la ciencia a través de los infinitos gadgets que pone a disposición del ser humano es responsable de promover un individualismo creciente.
Es en ese «sé tú mismo» donde encontramos el no va más de un ideal imposible de saciar, cuanto más un sujeto empuja hacia este ideal más cerca se encontrará de su desamparo original. El ser humano es el mamífero más prematuro del planeta, nacemos desamparados y dependemos de los otros para vivir; con el tiempo a esa necesidad se le suma el deseo y la demanda. Necesidad, deseo y demanda del Otro son la triada que viene a dar un tratamiento al desamparo.
Asi es como nos encontramos que el «sé tú mismo» que opera como un ideal de libertad y felicidad termina siendo un empuje a una cada vez mayor soledad y esclavitud. Nos toca leer el porqué del éxito de este ideal imposible y generador de tanto malestar. El psicoanálisis nos acerca una respuesta: pasar por el otro, por el vínculo, por el lazo social, nos representa siempre una dificultad, cuando no un malestar. No hay nunca el buen «encaje» en el otro; no hay la «media naranja» ni «el príncipe azul», no hay complementariedad entre los seres hablantes. En cualquier vínculo encontramos un grado de insatisfacción, ya Freud aisló esta cuestión como una de las principales objeciones a la felicidad plena de los seres humanos.
Ahora bien, en el mundo educativo, como en toda institución humana hace falta un protocolo o un programa que permita y regule el lazo social, que acompañe a los jóvenes a entrar en la cultura. ¿Cómo podemos pensar un protocolo que sea capaz de alojar el lazo social y no como una maquinaria segregativa? Si por protocolo entendemos un conjunto de normas para llevar a cabo un procedimiento, entonces el protocolo puede ser pensado, también, como un umbral.
Un umbral, etimológicamente, es un límite, un paso o entrada que indica el comienzo de algo, un comienzo que remite a un vacío inicial. El protocolo del discurso dominante, aquel que impone la productividad a cualquier precio, no deja ningún lugar vacío a la subjetividad. Se convierte es una herramienta al servicio del control social. El umbral, en cambio, al proponer un límite y un comienzo de algo nuevo, bien puede tomarse como un protocolo, como un programa, aunque esta vez no solo de control. El lugar vacío que define, que delimita al umbral, da la posibilidad de alojar un nuevo lazo, un nuevo sujeto. Un umbral da la posibilidad de enmarcar un «no todo« y es allí donde el sujeto podrá alojar-se y producir-se.
Es un riesgo que algunas instituciones y sus operadores están dispuestos a correr.
Nota editorial
Horacio es colaborador externo de la escuela de nuevas oportunidades El Llindar.




