Por Leandro Ezequiel Ferreyra, psicólogo, psicoanalista y docente
El ritmo de los movimientos
No todas las movilizaciones encuentran la forma de persistir. Algunas se extinguen rápidamente; otras consiguen volver una y otra vez. ¿Qué las sostiene? En este escrito examinaremos cómo las marchas masivas tienen ritmos y cómo el movimiento que generan logra sostenerse en el tiempo.
Al pensar en las formas de sostén de la actualidad y en las modalidades de los lazos humanos en épocas de precarización, los movimientos sociales emergen no como meros accidentes destructivos del sistema que deban ser capitalizados políticamente por un partido tradicional, sino como verdaderas lanzas de diálogo, negociación y producción de subjetividad. Estos movimientos poseen una cadencia y una temporalidad propia, un ritmo —concepto rescatado de Henri Meschonnic por Fernando Savater y Jorge Alemán— que la política puede saber captar para transformarlo en una fuerza crítica que abra posibilidades y ponga sobre la mesa realidades invisibilizadas. Lejos de ser un ataque, la movilización opera como un dispositivo que permite escuchar las demandas de la gente y extraer signos colectivos. El ejemplo histórico del 15M en España en 2011 ilustra con nitidez este fenómeno: un movimiento que inicialmente no alteró la distribución del poder electoral ni el voto, pero que logró algo más profundo al transformar el sentido común, colectivizando dolores que antes se vivían en el aislamiento individual –como la precarización laboral o la imposibilidad de acceder a una vivienda– y haciendo envejecer, de este modo, las lógicas de los políticos de turno.
Ante esto, nos preguntamos, ¿qué diferencia una protesta efímera de un movimiento capaz de persistir?
Si bien comprendemos que hay marchas y marchas, al desmenuzar su ritmo observamos por lo menos dos momentos. Un primer tiempo centrado en el grito. Es un acento puesto por el cuerpo. Se emplaza el cuerpo en una escena diferente a la habitual para hacer resonar su grito. Las marchas materializan la necesidad de que las demandas sean vistas y escuchadas. En el grito se transgrede un sentido establecido e instituido porque quien logra interrogar el muro de los espejismos del poder. Es quien plantea hiancias o fisuras en el discurso reinante. Por este motivo, el desafío de los movimientos sociales es evitar que la resistencia generada sea un mero reflejo especular del poder, es decir, un complementario que el sistema genera y requiere para legitimarse. Por esta razón, con el grito, la marcha se ve exenta de los vicios de la representatividad. Aspira a que las personas se pronuncien directamente a través de su propia palabra, oponiéndose frontalmente a cualquier líder que intente encabezar el movimiento. Allí puede surgir lo común como una red de comunicación entre singularidades para erradicar injusticias.
Luego aparece un segundo momento, en el que el sostén adopta la forma del ritmo. Esto nos permite preguntar y responder sobre qué sujeta una protesta. El pulso está en el latido constante por lo justo. Se sostiene por la verdad de su propia interpelación, abriendo la posibilidad de formas más justas de existencia colectiva. Las movilizaciones no se sostienen únicamente por una demanda, una ideología o un líder, sino por un ritmo perceptible en cadencia, repetición, persistencia y sincronización de cuerpos. El ritmo sostiene sin fijar. Genera una imagen pero no captura, no inmoviliza, no clausura. Simplemente permite volver. Volver el día indicado. Volver a la plaza. Volver a encontrarse. Volver a hablar. Volver a existir como colectivo.
Por último, podemos preguntarnos por un posible tercer tiempo: el de la institucionalización. ¿Qué ocurre cuando el ritmo encuentra una forma institucional? Esa pregunta probablemente no tenga una única respuesta. Cada movilización deberá encontrar sus propios modos de traducir su potencia en formas de organización sin perder aquello que la hizo posible. Porque, exista o no ese tercer momento, ninguna institucionalización podrá sustituir lo que sostuvo el movimiento desde el comienzo: un ritmo compartido capaz de hacer volver a quienes, al encontrarse una y otra vez, convierten una protesta en una forma de sostén colectivo.




