Entrevista a Begoña Olabarría

Entrevista a Begoña Olabarría

Begoña Olabarría propone una lectura que desplaza el foco desde los logros hacia las condiciones que hoy limitan la práctica clínica

La entrevista recorre un arco que va desde la construcción colectiva de la disciplina hasta los desafíos actuales, subrayando la necesidad de sostener espacios de pensamiento y acción que no reduzcan la práctica a modelos únicos. A partir de su trayectoria en el proceso de institucionalización de la psicología clínica en España, Begoña Olabarría propone una lectura que desplaza el foco desde los logros hacia las condiciones que hoy limitan la práctica clínica. Señala dos déficits principales: la dificultad para incorporar una mirada de la complejidad y la pérdida de lo social como dimensión efectiva en la intervención. Frente al avance de marcos biologicistas y lógicas de estandarización, reivindica una clínica situada, relacional y atenta a la multidimensionalidad del sujeto.En este contexto, la irrupción de la inteligencia artificial aparece como un punto de inflexión que obliga no solo a conocerla, sino a construir nuevas formas de relación con ella.

El reciente reconocimiento como primera socia de honor de la Sociedad Española de Psicología Clínica (ANPIR) convierte la entrevista en algo muy oportuno. Psicóloga clínica y psicoterapeuta nacida en Madrid en 1954, formada en la Universidad Autónoma de Madrid y con trayectoria en psicoanálisis, terapia sistémica y psicoterapia grupal. La pueden leer en el libro: La reforma psiquátrica en España. Hacia la salud mental comunitaria (Xoroi, 2022). Ha tenido un papel relevante en el desarrollo institucional de la psicología clínica en España, participando en debates sobre formación especializada y en la construcción del sistema PIR de formación sanitaria.

 

Recientemente has sido nombrada primera socia de honor de la Sociedad Española de Psicología Clínica. ¿Qué significado tiene para ti este reconocimiento después de tantos años de trabajo en el campo de la psicología clínica?

Para mí, sobre todo, la dimensión del reconocimiento va más allá de mi persona. Lo recibo con agradecimiento, pero que creo que trasciende mi aportación concreta. Para mí significa reconocer un trabajo muy colectivo, donde trabajamos generando espacios comunes muchas personas, grupos y también algunas organizaciones vinculadas a la salud mental o a la profesión. No puedo olvidar que he formado parte, a lo largo de los años, y he trabajado con compañeros en distintas organizaciones muy aportadoras en el campo de la salud mental. Organizaciones que, en realidad, íbamos construyendo mientras trabajábamos, en un proceso que no se puede entender sin los cambios importantes que queríamos promover desde el final del franquismo, en la atención pública sanitaria y, desde luego, en la atención de salud mental.

 

Has vivido de cerca el proceso de institucionalización de la psicología clínica en España. Si miras hacia atrás, ¿cuáles dirías que han sido los momentos decisivos en esa construcción?

Quería enmarcar estos momentos decisivos sobre los que me preguntas en un marco más amplio, para poder entender mejor cuáles fueron las apuestas clave que fuimos configurando en la creación y en el proceso de institucionalización de la psicología clínica como especialidad sanitaria de la psicología.

Lo primero que diría es que se trata de un proceso imbricado, y a la vez imbricador, con otros procesos de cambio que se estaban configurando desde el final del franquismo: movimientos en el ámbito sanitario, educativo, estudiantil, el movimiento antimanicomial, el movimiento en defensa de un modelo de formación de especialistas internos residentes, etc. Había, por tanto, múltiples procesos en marcha que habían empezado en los años setenta y que se mantienen hasta los noventa. Algunas de las apuestas que no puedo dejar de mencionar tienen que ver, por un lado, con una psicología basada en el método científico, alejada de la escolástica dominante del momento, que tenía que buscar —como luego se consiguió— la constitución de facultades de psicología independientes de Filosofía y Letras. Pero, además, una psicología que estuviese contextualizada. Para lo cual era importante vertebrar sectores del ámbito académico —que vivían completamente fuera, incluso de espaldas, a la sanidad pública— con sectores profesionales que en aquel momento estábamos emergiendo.

Para nosotros se trataba de abrir espacios de pensamiento y de acción que enfrentaran también los poderes dominantes dentro de la propia psicología, rígidos y cerrados en cuanto a las concepciones dominantes y a sus grupos de poder e intereses. Y, desde muy pronto, queríamos contribuir a una concepción de modelo de atención, desde luego en torno a la psicología, pero imbricada en una sanidad pública.

Tengamos en cuenta que todas estas acciones, estos pasos significativos hacia la institucionalización oficial de la psicología clínica como especialidad sanitaria, están indisolublemente unidos a los cambios sanitarios y reformas tanto estructurales como de pensamiento y modos de hacer en el sistema sanitario público, buscando crear uno que no existía en España.

Hoy la clínica se desarrolla en un contexto muy distinto al de hace treinta o cuarenta años. ¿Qué cambios te parecen más significativos en la práctica clínica actual?

Efectivamente, hoy tenemos un contexto muy distinto al de hace treinta o cuarenta años. Se han dado muchos cambios, de todo tipo, muchos de ellos muy afortunados y otros deficitarios.

Querría poner el foco, más que en las adquisiciones —que son notorias—, en dos grandes déficits: la incorporación de la mirada de la complejidad y de la praxis de la complejidad, frente a la simplicidad atomizadora; y el progresivo aislamiento en la incorporación de lo social en la concepción y en la praxis con la subjetividad y el contexto relacional.

Hay que tener en cuenta también que la psicología clínica y la psicoterapia probablemente no cuentan con un solo modelo teórico-técnico, sino con distintos modelos reconocidos, con diferentes lenguajes.

La falta de penetración de la semántica de lo social y del pensamiento complejo son limitantes para la comprensión de los niveles que conforman el contexto interno y externo de cada sujeto.

Aquí juega un papel principal, en cuanto al nuevo contexto que se está configurando en los últimos años, un elemento que requiere atención: en el marco, de por sí dominante, del biologicismo en el campo de la salud mental, estamos viendo nuevos desarrollos y propuestas, con poderosas financiaciones —en investigación, en industria, en servicios, en actividades, en organizaciones, en revistas, en congresos—, que responden también a determinados intereses.

Ese marco dominante continúa ejerciendo su poder y avanza. Y ese avance, quiero señalar, compromete la situación de los desarrollos de la psicología clínica, pero también de los modelos teórico-técnicos que, no siendo biologicistas, apuestan y ejercen una mirada y una intervención de distinto calado, de distinto orden epistemológico, con otra técnica, otra comprensión de la intervención y de la relación con los pacientes y su contexto.

En este sentido, se configura una continuidad que no es menor: desde el biologicismo como marco dominante, pasando por ciertas formas de presión dentro de la psiquiatría, hasta la incorporación de desarrollos como la inteligencia artificial y la neurología en alianza con la industria y el mercado. Todo ello va configurando un ecosistema que tiende a desplazar el hacer relacional, subordinándolo a lógicas de producción, estandarización y control que no siempre son compatibles con la complejidad propia de la práctica clínica.

 

Una cuestión que atraviesa tu trayectoria es la relación entre práctica clínica, instituciones y formación. ¿Qué crees que sigue siendo imprescindible transmitir a las nuevas generaciones de clínicos?

A lo largo de mi trayectoria —y compartida con la de otros compañeros— ha venido jugando un papel importante la consideración de los elementos de lo social.

Estamos en un momento en el que el individualismo interventor, la atomización en los equipos —cada uno por su cuenta, sin espacios compartidos de reflexión— favorecen miradas simplistas e intervenciones simplistas, donde los elementos de lo social se mencionan de pasada, casi como una consigna o un pequeño mantra, pero que no se traduce en pensamiento ni en acción terapéutica.

Ahora bien, esta consideración de los elementos sociales en juego no ha de confundirse con una deriva sociologista en la clínica interventora; y este es un aspecto que no podemos dejar de tener presente.

 

Si tuvieras que formular una pregunta que la psicología clínica debería seguir haciéndose hoy, ¿cuál sería?

Querría formular algunas preguntas que contienen, de algún modo, propuestas para superar las limitaciones del reduccionismo y del pensamiento lineal en el ejercicio de la clínica hoy, y para comprender que la multidimensionalidad de la naturaleza de los seres humanos incluye, naturalmente, lo social.

¿Sabemos mirar desde la complejidad, frente al reduccionismo? ¿Podemos mirar desde la ecodependencia? ¿Estamos dispuestos a considerar la incertidumbre, el desorden, el caos y la aleatoriedad?

¿Somos conscientes de que la complejidad del sujeto no puede reducirse a una sola dimensión —biológica, psicológica o social—, así como de la necesidad —en palabras de Edgar Morin— de una “ecología de la acción”?

Lo que importa es cómo se mira, cómo se generan y cómo se evalúan los datos con los que se opera. Y hay que saber que hay evidencias que se contradicen. No solo en materia de salud mental: las contradicciones entre estudios o entre métodos pueden parecer desconcertantes para el público y para nuestros estudiantes, pero son una parte integral del progreso del conocimiento científico, de cualquier conocimiento riguroso.

Tenemos que aceptar que no hay una receta única.

 

Para terminar, una cuestión que hoy resulta ineludible: la irrupción de la inteligencia artificial. ¿Cómo crees que la psicología clínica debería empezar a pensar y a construir su relación con este nuevo campo?

Introduces un aspecto clave, que además fue una razón determinante para aceptar vuestra invitación, y que realmente me cuesta pensar en su formulación.

Se trata de la necesidad de considerar, en este cambio de era, que introduce muchos elementos de una policrisis —geoestratégica, demográfica, de valores, ecológica— como configuración de un salto cualitativo para la humanidad: la inteligencia artificial.

Es algo que ya está aquí y que vosotros, desde la Revista Xoroi, habéis expresado con contundencia. Nos obliga no solamente a pensarlo y a conocerlo, sino también a empezar a establecer modos de relación que nos abren a un campo de complejidad que tenemos que pensar y que tenemos que construir.

Todo esto tiene que ir hacia adelante, desde luego para la psicología clínica, pero también para el conjunto de la salud mental.

Ya están empezando a aparecer algunos efectos indeseados, pero todavía hablamos poco de los efectos deseados y de los que están por venir. Y también de aquellos que ya están jugando un papel —con mejor o peor fortuna—, abriendo sin duda caminos que son necesarios e imprescindibles.

Es una época que ya no me toca, profesionalmente hablando, en el sentido de que este mundo es en gran medida desconocido para mí, pero eso no quita que vea su trascendencia, definitoria y definitiva.

Y, por tanto, la necesidad y el interés de bordar —en el pensamiento y en la acción— la incorporación y la vinculación con la inteligencia artificial.

Xoroi Edicions
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