Josep Maria Panés habla sobre «La locura del progreso» en Catalunya Plural

Josep Maria Panés habla sobre «La locura del progreso» en Catalunya Plural

Con más de 30 años de práctica clínica pública a la infancia y actividad privada como psicoanalista, Josep Maria Panés se interesa desde 2008 por el reto del cambio climático

Siscu Baiges entrevista en Catalunya Plural a Josep Maria Panés, autor de La locura del progreso:

 

El psicólogo clínico y psicoanalista Josep Maria Panés ha publicado el libro «La locura del progreso», que subtitula «Un psicoanalista escribe sobre el cambio climático». Durante más de treinta años ha simultaneado la práctica clínica pública atendiendo a la infancia con la actividad privada como psicoanalista. Desde 2008 se ha interesado por el reto del cambio climático. En «La locura del progreso» analiza la interacción entre crisis ecológica y psicoanálisis.

 

¿Cuál es el punto de encuentro entre ecologismo y psicoanálisis?

El ecologismo se preocupa por un gran problema que afecta al conjunto de la humanidad y propone soluciones, muy diversas y que tienen contextos y horizontes ideológicos también muy diversos. Propone, en todos los casos, actuar para cambiar la realidad, con la convicción de que esto es posible. El objeto del psicoanálisis es la clínica del sujeto, pero también se interesa por lo que Freud llamó “el malestar en la civilización”, y que es consecuencia de la tensión entre las exigencias de la pulsión y los límites que la civilización les impone. Este malestar se manifiesta en una serie de síntomas sociales, colectivos, en toda una serie de fenómenos en los que emergen las pulsiones, básicamente destructivas: las guerras, por supuesto, pero también el racismo, la violencia de género y, en general, el odio al otro que se manifiesta también por cuestiones sociales, de clase, religiosas. Pero también en muchas manifestaciones de la delincuencia, que siempre implica un mayor o menor grado de un daño infringido al otro o, incluso, en las conductas autodestructivas o suicidas, en las que el sujeto es, a la vez, el agresor y la víctima. Para Freud, el fundamento de todos estos fenómenos es lo que llamó pulsión de muerte. Podríamos pensar que el cambio climático es un síntoma de la civilización en la medida en que, como en las adicciones, negamos el problema y no renunciamos a una serie de satisfacciones que tienen un efecto fuertemente destructivo -la degradación de nuestro entorno físico y biológico- y autodestructivo, en la medida en que esta degradación afecta a la salud y la vida. Yo creo que el cambio climático y la crisis ecológica global forman parte de las manifestaciones de esa pulsión de muerte. El cambio climático es un fenómeno de gran complejidad, que tiene numerosas capas, y no digo que la pulsión de muerte sea la única causa, pero sí creo que juega un papel importante. En este sentido -es una opinión personal, no puedo hablar en nombre del psicoanálisis- creo que puede haber y debe haber un punto de encuentro entre el ecologismo y el psicoanálisis, al igual que el saber del psicoanálisis ha dialogado y ha aportado elementos al pensamiento político, sociológico, social, etc.

¿Qué puede aportar el psicoanálisis a la lucha contra el cambio climático y sus efectos?

En la línea de lo anterior, creo que podría contribuir a que, individual y colectivamente, dejemos de negar el cambio climático y sus efectos. Lo negamos también porque el horizonte al que nos confrontan es muy angustioso, y las personas tendemos a ignorar intensamente lo que nos amenaza. Esto no es sólo un problema de falta de información, del papel de los medios de comunicación o de la acción del negacionismo -que es muy grande y cuenta con muchos medios- sino que también es un efecto de éste ignorar activamente un problema angustioso. Pienso, por tanto, que en este punto el psicoanálisis podría aportar algo para ir a la contra de este “no querer saber”.

Lamenta que los psicoanalistas se hayan preocupado poco por la cuestión climática. ¿A qué lo atribuye?

Los psicoanalistas nos ocupamos, y mucho, del trabajo clínico, de la práctica del psicoanálisis tanto en instituciones como en la consulta privada, de la formación de los nuevos analistas, hacemos docencia, supervisiones, etc. El psicoanalista francés Jacques Lacan afirmó en numerosas ocasiones que -además y para estar a la altura de este trabajo- los analistas debíamos estar atentos a lo contemporáneo, a la manera en que cada época condiciona y marca la subjetividad de las personas. Por tanto, muchos psicoanalistas nos interesamos también por cuestiones culturales, sociales o políticas, a menudo desde la perspectiva del malestar en la civilización. Entonces, el hecho de que, hasta ahora, nos hayamos ocupado tan poco de este problema tan grave seguramente responde a que, como casi todo el mundo, los psicoanalistas hemos preferido, en su mayoría, mirar hacia otro lado, relegar a un segundo plano esta cuestión. Gustavo Dessal, un colega que también ha reflexionado y escrito sobre el tema publicó un artículo en el que, dirigiéndose a los psicoanalistas, hablaba de “Nuestro punto ciego”. Creo que se ha tratado exactamente de esto, de un punto ciego que hasta ahora nos ha impedido ver este problema.

Freud, Lacan… los psicólogos y psicoanalistas más conocidos e influyentes a lo largo de la historia ¿se preocuparon por la relación entre ecología y salud mental?

Freud murió en 1939 y, por tanto, vivió en una época en la que la cuestión ecológica no existía como tal, no era objeto de preocupación y análisis para los pensadores de la época. Pero, volviendo a “El malestar en la cultura”, cabe decir que, aparte de teorizar sobre la hostilidad que se manifiesta en toda sociedad, en toda forma de vida en común, también señaló los efectos que la sociedad capitalista -entonces imperante sobre todo en EE.UU.- tenía sobre las dinámicas sociales. Habló de la «miseria psicológica de las masas», como un efecto de la degradación simbólica que producía el imperativo de rentabilidad. En una sociedad en la que todo estaba ya sometido y orientado a producir un beneficio económico, la relación -vertical- de los miembros de la sociedad con los ideales sociales, decae en beneficio de relaciones -horizontales- de mera competitividad entre los semejantes. Y esto es muy importante, porque creo que hoy el pensamiento ecológico recoge también esta percepción de que el capitalismo, como sistema económico y como modelo social que condiciona las conductas individuales, no sólo estropea el medio físico, sino que tiende a destruir los lazos sociales y a degradar todo aquello que, en la vida en común, no comporta un beneficio económico, aunque sean aquellos aspectos que más sentido. En cuanto a Lacan, puedo decir que fue muy consciente de los efectos destructivos del “discurso” capitalista  tanto en el entorno -la acumulación de desechos que harían invivible el mundo- como en la vida de las personas, en las que produce un efecto de asfixia: los objetos con los que la nuestra con la nuestra vuelva sumamente tóxica. Quiero mencionar también al psicoanalista francés Jacques-Alain Miller, continuador de la reflexión de Freud y de Lacan. Sólo últimamente se ha referido a la cuestión de la ecología, pero durante años ha realizado grandes aportaciones al análisis del discurso capitalista, a cómo la incidencia de la ciencia y la tecnología han producido una mutación en el funcionamiento del poder (político, financiero, etc.).

Lacan fue muy consciente de los efectos destructivos del «discurso» capitalista tanto en el entorno -la acumulación de desechos que harían invivible el mundo- como en la vida de las personas, en las que produce un efecto de asfixia

Freud en «El malestar en la cultura» denunciaba el capitalismo. ¿Tenía en cuenta su impacto en el deterioro ecológico del Planeta?

Freud no podía tener en cuenta el deterioro ecológico, del que no empezó a haber evidencias hasta la década de los años 50. Sí cuestionó y criticó la incidencia en el lazo social del funcionamiento del capitalismo, y no sólo en EE.UU. Constataba que la sociedad empezaba ya a dar signos de una alteración psíquica causada por el estilo de vida impuesto por el capitalismo, y habló de la incidencia de “la nerviosidad moderna” en el agravamiento de los síntomas neuróticos.

Freud ya constataba que la sociedad empezaba a dar signos de una alteración psíquica causada por el estilo de vida impuesto por el capitalismo

Lacan también hablaba del malestar en la civilización. Decía que el capitalismo es insostenible. ¿El reto ecológico jugaba algún papel en su análisis de este malestar?

Como ya he apuntado, Lacan profundizó en la reflexión de Freud sobre el malestar en la civilización y la puso al día -Lacan vivió hasta 1981- acentuando sus efectos. De hecho, más allá del “malestar”, Lacan habló de los “callejones sin salida de la civilización contemporánea”, para describir una situación mucho más grave: los malestares se pueden resolver, pero la idea de “callejón sin salida” apunta a algo no dialectizable. Con el estilo irónico que utilizaba en ocasiones dijo que no criticaba el capitalismo, que funcionaba muy bien, que era el discurso más astuto que había existido nunca…, pero que era insostenible y estaba destinado a reventar. Es importante señalar que su crítica no era de carácter estrictamente político ni desde una visión ideológica. De hecho, no creía que ninguna ideología pudiera dar lugar a un funcionamiento de plena democracia, igualdad y justicia social. Su perspectiva era la de realizar un diagnóstico de la dinámica que genera el discurso capitalista con los conceptos del psicoanálisis.

Hay un síndrome que se asocia con la angustia existencial frente al cambio climático y la sensación de impotencia para combatirlo. ¿Afecta a mucha gente esta angustia? ¿La sufren sobre todo jóvenes?

Se habla ahora de “ecoansiedad” y de “solastalgia”, pero más que síndromes son términos descriptivos de sentimientos, que pueden afectar mucho a algunas personas, pero que no son, propiamente hablando, entidades clínicas. Creo que forman parte de los malestares que muchas personas experimentan -sobre todo las generaciones más jóvenes- ante las múltiples crisis del mundo actual y el horizonte tan negativo y tan poco acogedor que les ofrece. Pienso en lemas que han formado parte de protestas de los últimos años, como el “No future” o, en el tema de la vivienda, el “No tendrás una casa en la puta vida”. Azahara Palomeque lo ha expresado también en un libro reciente cuyo título es “Vivir peor que nuestros padres”. La crisis ecológica global y, en particular, el cambio climático, se han añadido con mucha fuerza a esta serie de amenazas que se ciernen sobre el futuro de todos, pero que, obviamente, son más sentidas por los jóvenes. En este sentido, no le quito importancia a fenómenos como la ecoansiedad o la solastalgia, sólo quiero señalar que se inscriben en un conjunto más amplio de preocupaciones y que, eventualmente, pueden convertirse en el núcleo alrededor del cual se manifiesta un afecto tan potente como es la angustia.

La crisis ecológica global y el cambio climático, se han añadido con mucha fuerza a las amenazas que se ciernen sobre el futuro de todos, pero que, obviamente, son más sentidas por los jóvenes

 

Lee el resto de entrevista en la web de Catalunya Plural.

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Josep Maria Panés es psicólogo clínico y psicoanalista. Combina la práctica clínica con la docencia y la supervisión y la práctica privada del psicoanálisis.

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