La ética en el lazo analítico

La ética en el lazo analítico

La ética del lazo analítico no consiste en indicar qué está bien o mal. La neutralidad es un lugar vaciado de intenciones e ideales.

Por Carolina Alcuaz, psicóloga y psicoanalista
Vector ético–clínico del lazo

Si alguna vez me interesó entender qué nos une y qué nos separa, fue porque elegí una profesión que se sostiene en un lazo social inédito. Freud denominó transferencia al vínculo que se establece entre un paciente y su analista. La transferencia es motor y obstáculo a la vez. En esa dinámica tiene lugar la experiencia de un análisis y su ética, una ética que podría resumirse en una fórmula sencilla y exigente: dejar hablar.

En El malestar en la cultura, Freud advertía que uno de los mayores problemas del ser humano es su vínculo con los demás. A diferencia de otras especies, no contamos con un instinto gregario que nos indique cómo convivir. Nada en nuestra biología nos enseña a relacionarnos. Por eso, cada sociedad intenta regular la búsqueda de satisfacción individual —lo que llamamos pulsión— para evitar que prevalezca la ley del más fuerte. En tiempos de individualismo exacerbado, esa regulación cultural parece cada vez más frágil.

Si nuestra naturaleza es más pulsional que social, entonces el encuentro con el otro debe inventarse. Esta idea la desarrollé en Otra sociedad para la locura, donde propuse que, ante la ausencia de un instinto social que nos oriente, el lazo no se descubre: se construye. Lo vemos en el nacimiento de un hijo, en el amor, en la amistad. Allí donde no existe una conexión previa es necesario tender un puente.

Lacan condensó esta dificultad en una frase provocadora: “no hay relación sexual”. No existe un manual que nos enseñe a encajar con los demás. Hay un lazo que falta, y alrededor de ese vacío inventamos modos de relación. El psicoanálisis no intenta colmar ese agujero. La experiencia analítica se orienta por él. En lugar de ofrecer un modelo de adaptación, apuesta por que cada sujeto pueda encontrar una manera menos dolorosa de estar en el mundo.

En este punto, el discurso psicoanalítico se distingue del discurso universitario. No busca transmitir un saber universal ni enseñar una doctrina válida para todos. El saber que emerge en un análisis es singular: vale para quien lo produce. Se articula con su historia, su deseo, su modo de gozar y su síntoma. El lazo que allí se teje implica lo más propio de alguien.

La ética del psicoanálisis se orienta por el inconsciente, por ese “saber no sabido” que dirige nuestras vidas. Intentar descifrarlo es una apuesta ética. Pero no todo es descifrable. El síntoma tiene un costado que no se reduce al sentido; comporta un real que persiste. Freud ya advertía que en él hay una satisfacción paradójica, una satisfacción en el malestar.

De ahí la pregunta clínica: ¿qué intervención vale para aquello que no se descifra? ¿Cómo concebir una interpretación que no alimente indefinidamente la maquinaria del sentido? La orientación por lo real del síntoma implica conmover la relación singular del sujeto con su modo de goce, no imponer un ideal de bienestar.

La ética del lazo analítico no consiste en indicar qué está bien o mal. La neutralidad no es indiferencia, sino un lugar vaciado de intenciones e ideales. No se trata de hablar por el paciente ni de someterlo a una regla, sino de dejarlo hablar. Como señala Eric Laurent, la particularidad solo se alcanza cuando se deja hablar al sujeto y no cuando se lo subsume bajo una universalidad, por más humanista que esta se declare.

Quienes ejercemos la clínica en instituciones de salud conocemos bien la tensión entre esta ética y las lógicas de protocolización. Cada caso desborda el estándar. El padecimiento subjetivo no encaja sin resto en un formulario. La posición del analista en ese contexto es necesariamente éxtima: ni burócrata que aplica reglas sin resto, ni extranjero que se sustrae al diálogo institucional.

Ni demasiado íntimo ni del todo extraño. Sostener ese equilibrio es un trabajo caso por caso. Allí se juega la ética del lazo analítico: en la posibilidad de alojar la singularidad sin borrarla bajo la promesa de un bien universal.

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