Diálogo con el texto de Gustavo Dessal, psicoanalista y escritor, en El manicomio global, «El gran apagón».
Durante mucho tiempo imaginamos el final como una interrupción. La caída del sistema. La detención de las máquinas. El silencio.
El apagón.
Hay algo tranquilizador en esa imagen. Incluso cuando se presenta como catástrofe, conserva una lógica antigua: primero algo ocurre y después deja de ocurrir. Primero el movimiento. Después el descanso. Primero la historia. Después el final. Pero empezamos a habitar otra situación: no que todo siga funcionando, sino que ya no sabemos qué significaría realmente detenerse.
Apagar ya no parece consistir en interrumpir una operación, porque las operaciones ya no tienen un único lugar. Dejar de publicar no elimina el archivo. Dejar de escribir no detiene la circulación. Dejar de mirar no borra la imagen. Incluso abandonar una plataforma genera métricas. El silencio produce señal.
Durante mucho tiempo pensamos la acción como algo que alguien hace, hoy empezamos a encontrarnos con operaciones que persisten más allá del momento en que fueron iniciadas.
Mas que por haber adquirido autonomía, porque siempre estuvieron compuestas. Infraestructura, protocolos, hábitos. memoria. Un dispositivo apagado sigue existiendo dentro de una red. Un texto cerrado sigue produciendo lectura. Una conversación terminada sigue reorganizando decisiones.
No hay aquí ninguna denuncia. Tampoco nostalgia. No busco recuperar una vida previa a la técnica o imaginar un retorno imposible. Trato de aceptar una incomodidad más extraña: quizá nunca operamos solos (y de eso irá el #5 de la Revista Xoroi: «Operar en composición»).
Y si eso es cierto, entonces interrumpir tampoco consiste simplemente en dejar de hacer. Porque incluso la retirada entra en composición. El gesto de desconectar, la renuncia, el rechazo, la pausa… Todo eso también reorganiza el campo.
El apagón absoluto ¿existió como una fantasía producida por una idea demasiado simple de la acción? ¿Actuar es aplicar una intención y detenerse, retirarla? Entre una idea y una consecuencia siempre hubo más cosas. Demasiadas cosas.
¿Cómo apagar o cómo componer interrupciones? ¿Cómo producir cortes que no desaparezcan inmediatamente absorbidos por aquello que intentan suspender? ¿Cómo dejar de confundir detenerse con desaparecer? ¿Cómo volver habitable una pausa?
No es que todo funcione, sino que todavía no sabemos interrumpir sin dejar de existir.
Nota editorial
Gustavo Dessal es psicoanalista y escritor. En Inconsciente 3.0. Lo que hacemos con las tecnologías y lo que las tecnologías hacen con nosotros abordó, desde una lectura psicoanalítica, las transformaciones que introduce el contexto tecnológico contemporáneo y el modo en que este reorganiza nuestra experiencia, nuestros vínculos y nuestra relación con el mundo. Lejos tanto de la nostalgia antitecnológica como de las fantasías milenaristas, su trabajo interroga cómo la técnica deja de ser un entorno para convertirse en una condición cada vez más íntima de la subjetividad. En este texto, una pregunta aparentemente energética termina desplazándose hacia otra más incómoda: qué permanece operando incluso cuando creemos haber interrumpido.





