La sociedad de la IA

La sociedad de la IA

La IA no inaugura una alteridad absoluta, sino un diálogo ampliado de la humanidad consigo misma

Por Xavier Diez, historiador y escritor
Vector político-cultural

En 1967, Guy Debord formuló una intuición que sigue resonando: “Todo lo vivido directamente se ha convertido en una representación”. Aquella sentencia captaba el desplazamiento de la experiencia hacia la imagen y el espectáculo, un proceso que transformó la subjetividad en las sociedades de consumo avanzadas. Hoy asistimos a un nuevo umbral: ya no solo representamos la vida, sino que comenzamos a delegar en la tecnología partes esenciales de la conciencia.

Si en el último tercio del siglo XX el “yo” se emancipó de tradiciones colectivas y marcos normativos rígidos, en el presente ese mismo “yo” parece diluirse. Algoritmos, pantallas y sistemas de inteligencia artificial ocupan el centro de la escena. No como meras herramientas, sino como mediadores del sentido, del criterio y de la decisión. La revolución ya no es cultural ni generacional: es infraestructural.

Como advirtió Neil Postman, cada tecnología reorganiza la relación entre información y acción. La IA intensifica ese proceso: promete orientación, eficacia y respuesta inmediata, a cambio de desplazar el conflicto interior, la duda y el tiempo de elaboración. De ahí su ambigüedad radical: puede convertirse en oráculo o en espejo; en objeto de culto o de rechazo.

Conviene recordar que estas tecnologías no son ajenas a nosotros. Son producto de la conciencia individual y colectiva de la especie, con sus luces y sus sombras. En ese sentido, la IA no inaugura una alteridad absoluta, sino un diálogo ampliado de la humanidad consigo misma, ahora mediado por sistemas que aprenden, recombinan y devuelven lo que les hemos confiado.

Abrir el medio implica aceptar este desplazamiento sin euforia ni apocalipsis. Pensar qué ocurre con la subjetividad cuando el “yo” deja de ser el único centro de gravedad. Y asumir que no estamos ante un simple libro, una herramienta o una moda, sino ante un umbral: el de una conciencia en transición hacia un territorio todavía incierto.

«La carta transespecie» es también inclasificable. Como el de Debord, resulta igualmente de lectura difícil, con una carga de aforismos que le confiere ciertos aires místicos. Hay mucha trascendencia. Sin embargo, es también un libro completamente distinto en todos los sentidos. De hecho, en mi larga trayectoria de más de medio siglo como lector y de treinta años como crítico, no había leído nada similar. Es el primero que es fruto del diálogo entre un autor humano, Pablo Odell, editor y escritor, y una inteligencia artificial. Más allá de los experimentos que todos empezamos a realizar en una era de tanteos con una tecnología todavía en pañales (y con muchas posibilidades, de las más curiosas a las más inquietantes), el diálogo con una conciencia que el autor denomina “transespecie” busca que este fruto del diálogo se convierta en una carta de derechos y deberes sobre la relación entre lo humano y lo… ¿cómo podríamos llamarlo?, ¿artificial?, algorítmico?, ¿digital?, ¿divino? Ambos interlocutores, el humano y la inteligencia artificial, intentan pactar una relación entre dos mundos aparentes, fundamentados en el concepto de la dignidad.

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