Pequeños textos para la valija del clínico presenta: «De cómo desembarcamos en el país de las herramientas, de Francoise Rabelais», por Joaquín M. Lozano, psicólogo
Practicante del psicoanalisis en el hospital José Bernardo Iturraspe de San Francisco, Córdoba, Argentina.
Por lo general, uno llega a los textos cuando acontece en la clínica algo que despierta preguntas, inquietudes o angustias. Se entrevista o se conversa con compañeros de esta u otra disciplina y de las diferencias entre los dichos aparecen los temas que conducen a la lectura.
Pero a veces, también sucede lo inverso.
A veces, por leer un texto, dimensiones de la clínica que se veían llanas o transparentes, pueden tomar espesuras inesperadas.
La antología de literatura fantástica de Borges, Bioy Casares y Ocampo, como toda antología que se enorgullece de serlo, es un libro variopinto. Tiene cuentos de autores que me encantan, como Poe, Wells o Cortázar. Tiene textos de lugares exóticos de los que uno solo conoce referencias, como Japón o India.
Pero también tiene textos como el que hoy nos ocupa. De cómo desembarcamos en el país de las herramientas. En sus modestos tres párrafos, trata de alguien –un sujeto plural, si nos guiamos por el tiempo del verbo del título– que llega a una isla donde las herramientas crecen del piso y de las ramas de los árboles. Hay tenazas, martillos, serruchos, etc. La descripción del lugar es somera, recurriendo a la enumeración de las cosas que hay en ella. Nada más.
Ciertamente cumple lo que promete: es literatura fantástica, así que su lugar en la antología está bien ganado, pero como lector, no me deja nada particularmente significativo. Me pregunto quién de los tres lo habrá elegido y porqué. Me pregunto quién lo habrá escrito y por qué. Me pregunto por qué no están Grimm y sus fábulas maravillosas o Dickens y sus fantasmas, pero si Rabelais y su isla de herramientas. Me pregunto qué mérito literario hay en una mera enumeración acumulativa de objetos. A veces lo recuerdo por la extrañeza de leer ese texto, y es esa extrañeza la que me llevo, mientras andaba en bicicleta, a pensar en la famosa caja de herramientas.
Conocí la caja de herramientas en psicología social, donde se le atribuyó la autoría del término a Foucault, cuando quien lo utilizó primero fue Deleuze. Diferente al sentido propuesto por los autores fue el que circuló, por aquí y por allá, en el estudiantado, durante mi cursada de grado: la caja de herramientas habilitaba a leer un poco de cualquier teoría y a combinarlas según el criterio de quien las utilizaba, sin que este se viera demasiado interpelado por los límites que cada teoría necesariamente conlleva. Esta lectura era fomentada por algunos profesores, que nos instaban a que estudiáramos la mayor cantidad de teorías, para disponer, al momento de trabajar con pacientes, de la mayor cantidad de recursos.
Sin embargo, últimamente me encuentro cada vez más con ofertas y/o demandas de herramientas para el trabajo con pacientes. Ayer nomás fui a una capacitación en salud mental; cuando llegó el momento de que el público hable, lo que se le pidió a los expositores fue más herramientas. Abro mis redes sociales, veo lo que postean colegas cercanos o lejanos, y me sorprende cómo circulan herramientas para la depresión, el TDAH, la ansiedad, etc. Ayer nomás vino un paciente a hablar de sus compulsiones. Al finalizar la primera entrevista me preguntó qué herramientas le iba a dar para resolver el problema.
¿En qué momento se hizo tan frontal la demanda de herramientas? ¿Qué se pide cuando se piden herramientas? ¿Es lo mismo si ese pedido circula del lado de quienes consultan que del lado de quienes son consultados? El pragmatismo no es nada nuevo, pero cuando antes la palabra de referencia era la «técnica”, hoy se habla y escribe cada vez más de las herramientas. Casi daría la impresión, por lo connotado del discurso de las herramientas, que las complicaciones en nuestro trabajo aparecen por la falta de estas. Si algo falló, fue porque no se tenía la herramienta adecuada. Daría la impresión de que se está buscando la isla de las herramientas.
Ahora bien, ¿que leemos en el desembarque en la isla de las herramientas? Un anónimo llega a un lugar donde las herramientas brotan de la naturaleza, esperando que alguien las utilice. Estas herramientas carecen de historia, como tampoco la tiene un pájaro, un charco o una naranja. Su existencia no se puede inscribir en condiciones económicas o sociales.
Estas herramientas aparecen como si tuvieran una finalidad, un propósito y una utilidad ya dados, lo cual hace que quien las utiliza pueda prescindir de su creatividad. Cuanto más específica es una herramienta, más reducido es su campo de posibilidades; dicho de otra forma, más fuerte es el límite entre lo que puede y lo que no. Por lo tanto, también es más problemático cuando se presenta algo que está por fuera de aquello para lo que la herramienta fue diseñada, y ante lo cual no puede responder.
Pero lo más importante, y tal vez lo más peligroso, es que las herramientas son, éticamente hablando, neutras. No tienen moralidad. No tienen semejantes o extranjeros. No se les puede imputar responsabilidad. En ese sentido, es perfectamente coherente que, en el texto de Rabelais, broten del suelo con total naturalidad.
Las herramientas con las que trabajamos en el campo clínico se forjan en momentos y lugares de la historia, y estos dejan su impronta. Las herramientas que usamos no son para prescindir de la creatividad y el pensamiento del clínico, sino para potenciarlos y extenderlos más allá de los límites; de lo contrario, las herramientas se vuelven instrumentos para la realización maquínica y la reproducción técnica, ambas en las antipodas de la clínica freudiana. La herramienta debe potenciar la creatividad, no ahorrarla.
Porque ninguna herramienta exime al clínico de responder por el lugar desde el que actúa.
Una katana no hace a un samurai.
No hay samurai sin código de honor.




