La vida sostenida de un pelito

La vida sostenida de un pelito

Un cuerpo es, en el mejor de los casos, una consistencia mental, algo del orden imaginario en Lacan. Pero esa consistencia no está asegurada.

Por Emilio Vaschetto, médico psiquiatra y psicoanalista
Vector clínico del cuerpo y el real

Hay experiencias clínicas en las que el vínculo no se presenta como un lazo armónico, sino como aquello que apenas sostiene la consistencia del cuerpo.

Dice Leo: “una vida así ¿para qué vivirla? Tengo que estar la mayor parte del tiempo pendiente de la caída de mi cabello. Cada pelo que veo en mi mano es una porción de mi inconsciente que estoy forzado a interpretar como si fuese toda mi historia. El más mínimo fragmento que veo salirse del cuero cabelludo es una derrota, todo un desplome de mi ser”.

Este breve recorte de un sujeto expresa la realidad primaria del cuerpo, tan esquizofrénica como se presenta en la clínica con algunos sujetos psicóticos.

Un cuerpo no es otra cosa que un extraño ensamblaje de piezas sueltas que, eventualmente, pueden caer o dejarse caer. Así, una pequeña pieza, un mínimo elemento que se suelta hace caer todo un sistema (como en el caso de un chip o un fusible en una computadora). Es ese “pelito” del que se sostiene todo el cuerpo.

En efecto, solo nos anoticiamos de que tenemos un cuerpo cuando este se deshace. Y no es sencillo comprender, desde el psicoanálisis, cómo un cuerpo es algo que consiste, algo que se siente y se vive. Incluso, cómo un cuerpo puede amarse.

Eso mismo es lo que Jacques Lacan llamó “mentalidad”, lo cual —naturalmente— no tiene nada que ver con la mente sino más bien con la mentira: “sentimentalidad” —si tomamos el neologismo del Ulises de Joyce—, el “senti-ment”, el sentido mentiroso, la mentira a partir de la cual fabricamos nuestro ser en el mundo (nuestro Dasein).

Pues bien, un cuerpo es, en el mejor de los casos, una consistencia mental, algo del orden imaginario en Lacan. Pero esa consistencia no está, para nada, asegurada.

Lacan extrae de las Memorias del Presidente Schreber el axioma “dejar caer el cuerpo”, frase que se encuentra explicitada en alemán bajo la alocución liegen lassen. Daniel Paul Schreber es quien denuncia que Dios se ha alejado de tal manera en su modulación alucinatoria que siente la amenaza reiterada de “quedar tirado”.

Claro que realiza un esfuerzo sobrenatural para recuperar una imagen que ha sido devastada: una vez que su cuerpo ha sido objeto de todo tipo de vejaciones y Dios ha querido hacer de él una puta, finalmente Schreber consiente a ser transformado en mujer como lugar de excepción (ser “La mujer que le falta a los hombres”). Pero esa solución, presente en la metáfora delirante, no es suficiente, puesto que es preciso que restablezca su imagen en el espejo para sostener su estabilización: debe contemplar sus pechos ante el espejo.

Quizás podemos compararlo con la imagen presente en el cuadro de Zurbarán de Santa Ágata, quien posa con su mirada indiferente y los pechos seccionados en un plato (referencia que aparece en el Seminario La angustia).

Un cuerpo no es solo consistencia ni imagen; también es algo pensable, y solo es pensable por estar incluido en ese orden que llamamos simbólico. Nace de un Otro, de una red de significantes y crece en un baño de lenguaje.

A su vez, muere, y su nombre escrito en la piedra es testimonio de que venimos al mundo para morir. Más aún, venimos en tanto muertos, pues la palabra, el significante, mata la cosa.

El cuerpo es el Otro, son sus marcas, sus batallas, los conatos de amor y las frases que marcan a fuego esa materia con sus imperativos y, sobre todo, sus injurias. Un cuerpo pensable, un cuerpo simbólico, es todo eso y mucho más: metáforas, bordes, agujeros.

Pero también existe un cuerpo impensable. ¿Qué es un cuerpo impensable? Es un cuerpo sin Otro, un cuerpo real (si seguimos la definición de Lacan en el Seminario 23, donde lo real es lo impensable).

Un cuerpo real es aquel que se presenta como si fuese una superficie lisa, sin relieves, sin marcas. Pues bien, ese cuerpo, sin Otro, cae.

Se trata de una realidad clínica que he intentado demostrar en mi ensayo Formas en las que un cuerpo cae. Una realidad que atraviesa todas las estructuras y los tipos clínicos.

Esto quiere decir que el liegen lassen, el dejar caer el cuerpo, el dejar tirado o el dejar plantado (laisser en plan, dice Lacan), adquiere hoy en día un estatuto generalizado. Desde la ruina melancólica hasta la caída libre del suicida, desde los desenganches en las psicosis ordinarias hasta las personas en situación de calle, todos testimonian de esa gravedad del cuerpo.

Lo que llamamos “urgencia subjetiva” nos invita a aislar en la práctica un índice que determina el riesgo: el instante en que la pantalla del fantasma se resquebraja y el sujeto se aproxima peligrosamente a su ser de objeto. Incluso, en algún caso, se hace él mismo objeto de desecho.

Este es el cuerpo impensable.

Cuando antes hablé de un cuerpo pensable me referí a un cuerpo leve. Si ese cuerpo no levita, no flota, es porque hay algo real en él, una parte que es impensable: su gravedad.

La gravedad es una ley para todos los cuerpos, pero para un cuerpo, en tanto que parlêtre, no hay ley universal. El objeto a es uno de los nombres de esa gravedad, el real sin ley. No es verificable ni repetible. Si hubiera una ley para el cuerpo hablante, sería una ley singular que solo valga para el Uno solo.

El objeto a es una pieza suelta del cuerpo, un fragmento sustraído de él. “Inter faeces et urinam nascimur” (nacemos entre orinas y heces), dice San Agustín. Venimos al mundo como resto.

En el momento del alumbramiento, junto con el neonato viene el “meconio”. Caen también los envoltorios que nos protegían y alimentaban en la flotación del líquido amniótico. Esos envoltorios llevan un nombre significativo: “caducas”. La placenta y las membranas son arrastradas junto al cordón umbilical y caen.

Este ensayo sobre lo impensable concierne al cuerpo como objeto, más aún, al cuerpo como objeto a, puro desecho. Sin embargo, no es un manifiesto trash, sino el intento de “lituraterrizar”.

Así como el amor es una contingencia cuya inscripción se realiza en el cuerpo y lo vuelve más liviano, también hay amores que matan.

La práctica analítica no “deja caer” el amor. Más bien admite la “enfermedad del amor” que es la transferencia, para construir —como dice Lacan— “todo refugio donde pueda instituirse una relación vivible, temperada de un sexo con el otro”.

Me interesa esta idea como corolario: una relación más vivible de un cuerpo con otro. Ese es el lazo social instaurado por el psicoanálisis a partir de la transferencia.

Dice Cărtărescu, en su novela Solenoide, que la piel es el órgano más pesado del cuerpo, incluso más pesado que el cerebro, y que solo son posibles aquellos libros que están pegados a la piel, con páginas vivas e inervadas.

Pues bien, este ensayo tiene ese peso para mí: el de haber sido escrito hasta con el silencio.

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El autor

emilio vaschetto autor xoroi edicions 2025
Emilio Vaschetto (Córdoba - 1972) es médico psiquiatra y psicoanalista miembro de la EOL y de la AMP.

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