Me gustaría mencionar que este texto está basado en la ponencia presentada en el acto organizado en Madrid el 26 de junio de 2026, por las Mareas Blancas, la Mesa para la Defensa de la Sanidad Pública y Attack
Por Begoña Olabarría, psicóloga clínica y psicoterapeuta
Los otros efectos de la guerra: la destrucción del contexto
La guerra no sólo destruye vidas. También altera profundamente el entramado relacional que las sostienen. Allí donde se rompen las redes comunitarias, desaparecen los espacios de apoyo, se alteran las reglas de convivencia y el miedo se convierte en horizonte cotidiano, la salud mental deja de ser una cuestión exclusivamente individual para afectar al conjunto de la vida colectiva.
La huella de la guerra remite, por ello, a riesgos y daños que no afectan sólo a quienes participan directamente en el conflicto. Se trata de un entramado de impactos que modifica, con frecuencia hasta el arrasamiento, los ejes que sostienen la existencia de millones de personas, alcanzando también a poblaciones alejadas territorialmente y prolongándose durante generaciones.
La violencia atraviesa tanto a los combatientes como a la población civil. Sus consecuencias incluyen la muerte, las heridas, las mutilaciones y la pérdida de seres queridos, pero también la experiencia continuada de amenaza, la separación, el desarraigo, la destrucción del entorno y la vivencia de una profunda indefensión. Dolor físico y sufrimiento psíquico aparecen inseparablemente unidos.
Sin embargo, el impacto de la guerra nunca es homogéneo. La trayectoria vital de cada sujeto, su vulnerabilidad o resiliencia, el lugar que ocupa en la comunidad, los soportes de la vida colectiva, el género o la edad condicionan profundamente la manera en que ese sufrimiento se organiza. La guerra altera además la identidad relacional de las personas al quebrar el contexto significativo desde el que construían su vida cotidiana.
Sabemos que, en situaciones de guerra, aumentan considerablemente los trastornos de salud mental. Estrés postraumático, depresión, ansiedad o crisis de pánico aparecen con mucha mayor frecuencia que en poblaciones no expuestas al conflicto. No obstante, la enorme variabilidad de los datos disponibles recuerda hasta qué punto resulta difícil medir procesos que se desarrollan en escenarios extremadamente complejos y cambiantes.
Hoy sabemos que la guerra afecta a la salud mental por dos vías complementarias. Una procede de la experiencia directa de la violencia, las pérdidas humanas y la amenaza permanente. La otra deriva de los estresores cotidianos generados por el conflicto: desplazamientos forzados, destrucción de viviendas, pobreza sobrevenida, hambre, ruptura de las redes comunitarias o pérdida de los medios de vida. Ambas dimensiones se potencian mutuamente y transforman el entorno donde las personas intentan seguir viviendo.
La destrucción de infraestructuras, la precariedad, el exilio y la pérdida de confianza convierten el espacio cotidiano en un medio profundamente inseguro. No sólo por la presencia del enemigo, sino porque también las relaciones sociales quedan alteradas. El miedo, la incertidumbre y la fragilidad dejan entonces de ser emociones puntuales para convertirse en condiciones permanentes del contexto.
Por ello, las huellas mentales de la guerra desbordan ampliamente los límites espaciales y temporales del conflicto armado. Quienes buscan refugio continúan afrontando pérdidas, incertidumbre y sobrecargas de cuidado mientras intentan reconstruir su vida en contextos desconocidos, afectando también a las comunidades que los reciben.
La guerra no produce únicamente personas con trastornos mentales. Produce sociedades enteras heridas. Sus consecuencias alcanzan comunidades completas y se transmiten entre generaciones, especialmente allí donde los conflictos se prolongan o adoptan la forma de guerras civiles.
La experiencia de la guerra prolonga el miedo mucho más allá del frente. También la huida y el refugio se viven bajo amenaza, reglas desconocidas e inestables, con pérdidas personales, familiares y comunitarias que alteran profundamente la percepción de seguridad. La incertidumbre deja entonces de ser un episodio para convertirse en el horizonte cotidiano de la existencia.
Cuando desaparece el marco de convivencia que organizaba la vida compartida, también se altera el modo en que cada sujeto puede habitar el mundo. La pertenencia al propio contexto se quiebra, los referentes cotidianos dejan de ofrecer orientación y el desarraigo instala una experiencia persistente de impotencia frente a acontecimientos que escapan completamente a la capacidad de control.
La guerra deja así huellas invisibles que afectan de manera duradera al desarrollo emocional, psicológico y relacional. El estrés crónico, la depresión asociada a pérdidas difícilmente elaborables, la percepción de fragilidad y la transformación de las formas de relación pueden acompañar a las personas durante toda la vida. Mujeres y niñas resultan especialmente vulnerables debido a la violencia sexual y a otras formas específicas de agresión.
Por ello, reducir la huella de la guerra a una suma de diagnósticos individuales resulta insuficiente. La salud mental colectiva depende también de las relaciones que permiten sostener una comunidad. Cuando ese tejido comunitario desaparecen, el daño desborda ampliamente el ámbito clínico.
En un mundo hiperconectado, además, las consecuencias de la guerra alcanzan también a poblaciones alejadas del conflicto. La exposición continuada a imágenes de destrucción y sufrimiento, unida a la percepción de inseguridad e impotencia, puede generar estados persistentes de ansiedad, estrés o desesperanza incluso en quienes no participan directamente en la guerra.
Al mismo tiempo, los sistemas sanitarios y sociales suelen verse gravemente debilitados. La destrucción de infraestructuras, el colapso de los servicios y la prioridad otorgada a la atención inmediata de las emergencias dejan frecuentemente invisibilizadas las necesidades de salud mental. Precisamente por ello, valorar el impacto de la guerra exige ampliar la mirada más allá del diagnóstico individual para comprender las profundas transformaciones que afectan al tejido social y relacional.
La salud mental en contextos de guerra constituye, por tanto, un desafío que trasciende ampliamente las fronteras físicas y temporales del conflicto. Sus efectos se manifiestan en la destrucción de los vínculos comunitarios, el desplazamiento forzado, la cronificación de los duelos, la alteración de los valores compartidos y la transmisión intergeneracional del trauma.
Entre esas huellas ocupa un lugar singular el odio.
El odio no constituye una emoción primaria, sino una construcción compleja que combina miedo, rabia, resentimiento y desprecio. Durante la guerra adquiere una poderosa función identitaria: organiza discursos, ofrece una explicación aparentemente coherente del sufrimiento vivido y convierte al enemigo en responsable absoluto de todos los daños padecidos.
Pero esa misma función defensiva dificulta gravemente el reconocimiento de la dignidad del otro. El enemigo deja de ser percibido como un semejante para convertirse en una figura sobre la que resulta legítimo proyectar toda la violencia. El odio protege una identidad colectiva al precio de hacer imposible la escucha.
Su persistencia constituye uno de los efectos más duraderos de la guerra. Transmitido entre generaciones como forma de lealtad familiar, comunitaria o nacional, termina incorporándose a las reglas relacionales y a las memorias colectivas, dificultando durante décadas la reconstrucción de la convivencia.
Por ello, prevenir el odio —que con frecuencia precede a la propia guerra— supone también situar la salud mental como una prioridad ética y política. Construir paz exige fortalecer los espacios culturales y relacionales capaces de sostener el reconocimiento mutuo y una experiencia compartida de justicia.
La huella mental de la guerra no termina cuando cesan los combates. Sus consecuencias emocionales, psicológicas y sociales alcanzan también a quienes observan el conflicto desde otros lugares del mundo. En una sociedad global, la guerra deja de ser únicamente un acontecimiento localizado para convertirse en una experiencia colectiva amplificada.
Como cantaba León Gieco,
«…es un monstruo grande y pisa fuerte toda la pobre inocencia de la gente.»





