Odio: un hábito sin memoria

Odio: un hábito sin memoria

¿Por qué el odio permanece? ¿Qué hace posible una continuidad que no depende de conservar siempre la misma forma?

Leandro Ezequiel Ferreyra, psicólogo, psicoanalista y docente

 

¿Por qué el odio permanece? ¿Qué hace posible una continuidad que no depende de conservar siempre la misma forma? ¿Qué cambia para que siga siendo reconocible?

¿Una primera respuesta podría ser que el odio permanece porque aprende a convertirse en hábito? No necesita organizar grandes comunidades ni construir una ideología compartida. Le basta con repetirse. Con encontrar nuevos objetos donde depositarse. Con acostumbrar a alguien sensible a mirar siempre en la misma dirección.

Un hábito atomizado

Hay un odio disperso. No colectivizado, pero sí orientado. El enemigo ya no necesita imponerse mediante un gran relato. Basta con fabricar objetos de desprecio. Personas, instituciones, colectivos o ideas sobre las que pueda descargarse un resentimiento que encuentra así una forma de organizarse. El odio se vuelve entonces un hábito emocional. Y, como todo hábito, termina produciendo formas de acción. No permanece por la intensidad de una emoción, sino por la repetición de una práctica.

Memoria fosilizada

Todo hábito necesita un medio donde sostenerse. Uno de ellos podría ser una memoria que ha dejado de interpelar el presente. Cuando una memoria permanece viva, obliga a pensar. Introduce una resistencia. Interrumpe la repetición. Pero también puede ocurrir lo contrario. Que la memoria termine convertida en un repertorio de consignas. En un recuerdo institucionalizado. En un fósil. No desaparece. Permanece, pero ya no produce preguntas. Se vuelve incapaz de transformar el presente. Por eso las nuevas formas del resentimiento encuentran hoy un terreno especialmente fértil. No porque la historia haya sido olvidada, sino porque ha dejado de actuar como experiencia.

Un hábito sin memoria

El resentimiento termina por dañar a quien lo cultiva. Mientras encuentra nuevos objetos sobre los que descargarse y una memoria incapaz de interrumpir su repetición, el odio continúa desplazándose. Cambian sus formas. Cambian sus destinatarios. Permanece el hábito.

Es precisamente ahí donde conviene situar hoy la pregunta.

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