¿Qué clínica es posible sin sujeto ni cuerpo?

¿Qué clínica es posible sin sujeto ni cuerpo?

La clínica ya no comienza con un sujeto, sino con la posibilidad de que alguien llegue a aparecer como tal.

El texto de Elena aborda un desplazamiento en la práctica clínica institucional: allí donde antes la pregunta giraba en torno a cómo intervenir sobre el sujeto del inconsciente, hoy el problema se sitúa en otro punto. En determinados contextos, ese sujeto no se presenta de entrada, y la cuestión pasa a ser cómo hacer posible que alguien pueda ser recibido en las instituciones. A partir de la observación de ciertos modos de funcionamiento discursivo que operan como rechazo, el texto interroga las condiciones necesarias para que los cuerpos encuentren un lugar y puedan sostener algún tipo de lazo. Más que proponer soluciones, señala un cambio de escenario: la clínica se juega en la posibilidad misma de que algo del sujeto llegue a tener lugar.

Por Elena Ascárate, psicóloga y practicante de psicoanálisis
Vector clínico–institucional de aparición del sujeto

Durante mucho tiempo, en los espacios de trabajo pertenecientes al campo Psi, se ha puesto sobre la mesa la pregunta por la interdisciplina: ¿qué es la interdisciplina?, ¿cómo trabajar con un paciente junto a otros profesionales?, ¿es posible un abordaje conjunto?. Estos interrogantes giraban en torno a cómo pensar el trabajo clínico cuando nociones como sujeto, salud, enfermedad, diagnóstico y pronóstico varían según los marcos teóricos de los diversos profesionales que sostienen las prácticas en un campo tan complejo. Existe una extensa bibliografía, así como múltiples experiencias clínicas, que han intentado responder a estas preguntas, dando cuenta tanto de sus dificultades como de sus posibles soluciones. Dicho esto, el punto de interés de este escrito no es ingresar en ese debate, sino centrarse en un fenómeno discursivo inquietante que obliga a reorientar el vector de la interdisciplina hacia el interior mismo de las disciplinas que confluyen en el trabajo con pacientes.

Jacques Lacan plantea que un discurso no es simplemente un conjunto organizado de ideas, enunciadas con la finalidad de transmitir un mensaje a un destinatario, sino más bien una estructura que instaura sistemas de relaciones, modos de lazo social y produce efectos concretos en los sujetos, orientando formas de habitar el mundo. En este sentido, el discurso se constituye como una herramienta conceptual que permite abordar y analizar los procesos sociales, en tanto da cuenta de las lógicas que subyacen a las prácticas y de los modos en que los sujetos se enlazan en un determinado momento histórico.

En esta misma dirección, Gerardo Arenas, en Discursos que atrapan cuerpos, plantea con claridad que los discursos son fuerzas particularmente complejas y poderosas, ya que no solo actúan a nivel del pensamiento o de las percepciones, sino también sobre los cuerpos, en el plano del deseo y en los modos de gozar. Además, señala que cada cuerpo hablante puede estar atravesado por dos o más discursos —ya que nunca estamos tomados por uno solo— y que esta composición interdiscursiva genera efectos distintos de aquellos que produciría cada discurso por separado. El resultado de esa articulación puede pensarse como algo nuevo, capaz incluso de producir malestares o consecuencias impensadas. Arenas ofrece un ejemplo esclarecedor al señalar que un sujeto puede estar tomado por el discurso psicoanalítico, con los efectos que este conlleva, y, al mismo tiempo, por un discurso político en tanto ciudadano, así como por el discurso capitalista en su modo de vivir. Lo interesante de este planteo es que los efectos de un discurso pueden introducir distorsiones respecto de lo que cabría esperar de los efectos de los otros.

Con esto, nos introducimos en un fenómeno discursivo inquietante que puede localizarse con mayor intensidad tanto en las instituciones como en los profesionales del campo Psi: la exclusión del sujeto y de su cuerpo.

Cuando ni el sujeto —sea cual fuere el marco teórico desde el cual se lo aborde— ni el cuerpo encuentran un lugar, lo que se ve comprometido no es solo una modalidad de intervención, sino la posibilidad misma de la clínica.

Esta exclusión se pone de manifiesto en ciertas modalidades discursivas que circulan en la práctica en instituciones. Se trata de enunciados y decisiones que, lejos de propiciar un abordaje clínico, operan como mecanismos de rechazo.

En este sentido, se observan modalidades de intervención en las que la reiteración de una un mismo pedido de consulta en un paciente puede operar como criterio de desestimación, anulando la posibilidad de escucha incluso frente a manifestaciones corporales evidentes de deterioro. Asimismo, en algunos casos el padecimiento tiende a ser reducido a la sospecha, como si toda demanda implicara necesariamente un ocultamiento o una intención espuria, lo que obtura el acceso a aquello que allí se pone en juego. A su vez, la presencia de antecedentes delictivos o la inscripción del sujeto en determinadas categorías diagnosticas puede subordinar la lectura de la situación, desplazando cualquier consideración sobre el sufrimiento actual. Finalmente, se registran dinámicas institucionales en las que, aun ante pedidos explícitos de ayuda, prevalecen circuitos de derivación que, lejos de propiciar una respuesta, tienden a reproducir movimientos expulsivos, dejando al sujeto sin un anclaje posible.

Estos modos de operar no solo rechazan el sufrimiento, sino que configuran un escenario en el que la clínica misma pierde su lugar.

Jacques Lacan, en Hablo a las paredes, señala que la historia muestra cómo el discurso del amo funcionó durante siglos de un modo relativamente provechoso para todo el mundo, hasta que, a partir de un desvío —producto de un deslizamiento ínfimo—, devino en lo que denomina discurso del capitalismo. Lo que distingue a este último es la Verwerfung, es decir, un rechazo radical que expulsa hacia afuera aquello que pertenece al orden de lo simbólico, particularmente la castración. Se trata, entonces, de un discurso que no admite ese límite estructural y que, al hacerlo, reconfigura profundamente los modos de lazo social y sus efectos sobre los sujetos.

Sin embargo, lo que interesa señalar aquí es que, con creciente frecuencia, en las prácticas del campo Psi se pone en juego algo más complejo: no se trata solamente del rechazo del sujeto del inconsciente —tal como lo plantea Jacques Lacan—, sino de un rechazo de lo real. Este movimiento no se limita a afectar el orden de lo simbólico, sino que implica algo más radical: alcanza al cuerpo, en tanto soporte material del goce. Rechazo que adquiere como rasgo distintivo e inquietante la tonalidad de la indiferencia, la incredulidad y la crueldad.

En otro momento, en el trabajo clínico institucional, las preguntas giraban en torno a cómo intervenir cuando el sujeto del inconsciente no se presentaba de buenas a primeras, hoy el problema parece desplazarse: ¿cómo hacer para que “alguien” —ni siquiera se pretende un sujeto— pueda ser recibido en las instituciones? ¿Cómo propiciar condiciones para que los cuerpos encuentren un lugar en el campo de la mirada o de la escucha clínica? Queda claro que ciertos discursos contemporáneos tienden a suturar la dimensión de lo real, y eso “pasa como si nada”.

En este contexto, el panorama se vuelve poco alentador cuando múltiples variables confluyen en una suerte de ceguera y sordera en el campo Psi. Es sabido que, en la actualidad, diversos discursos quedan capturados por la lógica del discurso capitalista, pero el problema se agrava cuando lo que está en juego es la posibilidad misma de que el trabajo clínico —en los términos anteriormente desarrollados— desaparezca.

No puede dejar de considerarse que: (1) las condiciones económicas desbordan al sistema público de salud y a quienes trabajan en él; (2) la judicialización de la salud mental ha convertido a psicólogos, psiquiatras, trabajadores sociales en agentes abocados a la respuesta de oficios judiciales, que funcionan, a su vez, como vía de acceso de muchos pacientes y familias a las instituciones; (3) los presupuestos destinados a salud resultan insuficientes frente a una demanda creciente que recae sobre un número reducido de profesionales; y (4) la circulación de discursos de odio erosiona los objetivos institucionales, atraviesa sus muros y obstaculiza las intervenciones, llegando incluso a teñirlas, en ocasiones, de cierta deshumanización. Sin embargo, estas condiciones no nos exime de la responsabilidad que conlleva el lugar que ocupamos en las instituciones y en las prácticas.

Sostener la clínica hoy implica una posición ética: la de no ceder frente a los discursos que tienden a excluir, neutralizar o volver indiferente aquello que, en lo real, insiste y demanda ser escuchado o atendido.

No debe olvidarse que, etimológicamente, la palabra clínica remite al “lecho”: al lugar donde alguien padece y otro se aproxima a ese padecimiento. Esta referencia sitúa a la clínica como una práctica de encuentro y de proximidad con lo singular del sufrimiento.

Se impone entonces la siguiente secuencia como efecto de la interdiscursividad en el campo psi: si no hay alguien que pueda dar cuenta de un dolor, si no hay lugar para los cuerpos sufrientes, no hay una clínica posible, lo cual constituye un problema para las distintas disciplinas —psiquiatría, psicología, trabajo social, entre otras—.

En este punto, la orientación es precisamente el reverso de esa operatoria: donde aquello que “pasa como si nada”, pasa, y esa nada adviene como algo. Lejos de suturar la dimensión de lo real, la práctica clínica se sostiene en la apertura a eso que irrumpe, incomoda y no encaja en los circuitos establecidos.

Desde el psicoanálisis, podría subrayarse la importancia del análisis personal y del control de casos; sin embargo, no todos los profesionales se inscriben en ese discurso ni mantienen un lazo con él. Por ello, resulta fundamental la creación de espacios de debate que permitan interrogar la incidencia de los distintos discursos en las prácticas. Se trata, en efecto, de recuperar dispositivos de trabajo, tanto entre instituciones como entre profesionales —sin por ello borrar la dimensión singular de cada experiencia—, en los que la pregunta por lo disruptivo respecto de la lógica establecida pueda tener lugar, abriendo la posibilidad de nuevos horizontes sostenidos por un deseo decidido.

Si no hay disciplina, resulta difícil pensar en un verdadero diálogo interdisciplinario; en su lugar, lo que emerge es la intervención de discursos de poder que terminan por degradar la disciplina misma.

En definitiva, si la clínica desaparece, no es solo una práctica la que se pierde, sino una forma de lazo con el otro que hace posible que algo del sufrimiento humano encuentre un lugar.

 


 

Nota editorial

Xoroi trabaja actualmente con Elena Ascárate en la preparación de Objetados, un libro que interrogará la clínica de la urgencia en el cruce entre institución, contemporaneidad y psicoanálisis. Su apuesta: pensar cómo hacer lugar al sujeto en un contexto donde la relación con el objeto tiende a imponerse sin mediación.

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