Erick Friedman era violinista. Había tocado en el Carnegie Hall. Había sido formado por Jascha Heifetz. Llevaba consigo, como un traje, toda la tradición occidental.
En 1959 ofreció un concierto en un reconocido teatro de Resistencia, Chaco. La sala estaba llena. Entre el público, un perro callejero: Fernando, que recorría habitualmente los espectáculos y eventos culturales de la ciudad. Además de vagabundo —o quizá justamente por eso—, era un riguroso crítico musical.
Esa noche gruñó dos veces. El silencio fue inmediato. Luego del concierto, nobleza obliga, el músico confesó haberse equivocado ese par de veces. Por un momento, el virtuoso fue el callejero.
Algo se transmitió esa noche que no pasó por la comprensión. El músico no supo por qué gruñó el perro. Supo, sin embargo, que tenía razón. Y el público tampoco supo bien qué había ocurrido: solo que el ladrido se dijo en el lugar exacto, así como se dice un lapsus.
Hay quienes dicen que, esa misma noche, Fernando abandonó la función: debía asistir a dos casamientos y a un cumpleaños de quince.
Un gruñido que supo más que el aplauso.
Borges recordaba que en el Alcorán de Mahoma no hay camellos. Solo un foráneo buscaría, en esa escena, lo autóctono. Fernando no gruñó desde los márgenes del mapa. Gruñó desde adentro de la sala, en el punto exacto en que algo en la ejecución traicionaba la partitura.
Lo local no es un punto en el mapa: es ese gruñido. El efecto de una torsión en el interior mismo de lo consagrado. No hay un centro y luego desviaciones: hay, desde el principio, una lengua que se dobla, que localiza, que produce un lugar donde antes no había ninguno.
Leer es dejarse situar. Como quien trastabilla por un equívoco, se descentra, se descoloca. El leve temblor que detiene la frase y obliga a releer.
Allí donde el lector, afectado, dice súbitamente: guau.




