Lola Vivas, escritora
Percibimos el tiempo porque estamos vivos, porque somos tiempo. Todo a nuestro alrededor nos habla de su devenir, el flujo continuo del que hablaba Bergson: los árboles crecen en el tiempo, modifican la dirección de sus ramas, pierden sus hojas; y los animales y otros seres –en definitiva, todo lo vivo– existen en ese sucederse continuo al que llamamos tiempo que nos conforma y que no podemos detener sino vivirlo, vivir en él, habitarlo y como mucho desde lo humano, tener conciencia de su melodía.
Sin embargo, y situándonos en las antípodas –si se quiere a la manera heideggeriana–, somos temporales, el tiempo es la estructura misma de nuestra existencia. Venimos del pasado sí, somos la memoria que nos constituye, pero nos situamos continuamente hacia el futuro, anticipando posibilidades, actuando desde el presente. A pesar de. En constante transformación. Nunca como seres acabados, terminados o perfectos. Así es lo vivo. Acontece siempre en la grieta, en lo que Jean-Luc Nancy denomina «estar expuesto». Y en cuanto uno pretende fijar el tiempo definitivamente, cualquier estructura viva sea esta la que sea, deja de estarlo.
Diríamos entonces que solo permanece lo que cambia, diría incluso con más rigor, lo que se transforma, lo que atraviesa una forma. Entendiendo que permanencia –del latín permanēre significa «seguir estando a través de»–, es decir, persistir como un movimiento de continuidad del ser y de la presencia a través del tiempo. Y si hablamos de permanecer, de ese «seguir estando», hablamos necesariamente de un lugar o un vínculo, es decir, hablamos de habitar un espacio compartido. Aparece aquí la palabra: común –la relación con el otro–, como la palabra a resolver.
En la naturaleza no existe la permanencia como inmovilidad. Volviendo al símil de antes, un árbol nunca deja de transformarse. Sin embargo, seguimos diciendo que es el mismo árbol a pesar de ese cambio. Otra vez a pesar de. Y es que ese árbol permanece como tal porque conserva un patrón de organizarse continuamente: tiene memoria biológica, cambia constantemente, establece nuevas relaciones con otros seres del medio: lo dicho, aun así, sigue siendo el mismo árbol y, sin embargo, nunca vuelve a ser el mismo. Su «seguir estando» depende de su estabilidad estructural y es a su vez la causa misma de que sus raíces sigan vivas.
¿Qué ocurre entonces con lo humano, con esa otra permanencia?
La diferencia fundamental con el resto del mundo natural es, diría yo, la palabra libertad. Entendiendo libertad como la capacidad de decidir de cada cual acerca de cómo actuar en el momento presente. Presente, por otra parte, entendido más bien como un presente continuo –no existe un ahora puro– y en el que podríamos conectar de forma algo osada a Bergson con Heidegger: una duración en la que el pasado se prolonga pero que a su vez se proyecta hacia posibilidades futuras.
Bien, pues dentro de este marco y si todo lo vivo permanece transformándose, ¿por qué seguimos esperando que nuestros vínculos permanezcan inmóviles? Como he señalado anteriormente, la naturaleza no conserva las formas, conserva las funciones. Un ala no permanece porque conserve la misma forma durante millones de años, sino porque la función de desplazarse puede adoptar nuevas soluciones. Del mismo modo, un árbol no conserva cada hoja para seguir siendo árbol; conserva la capacidad de producir nuevas hojas. Lo vivo no protege sus formas: las trans-forma cuando dejan de responder a las necesidades de la vida.
Entonces, ¿no debería ocurrir algo parecido con nuestros vínculos?
Hay algo indiscutible: no cabe duda de que los vínculos son necesarios para el sostenimiento de la vida humana. Me pregunto si no habría que plantearse que quizá durante siglos hemos conservado formas privilegiadas para organizarlos –por ejemplo, la familia o el matrimonio– olvidando preguntarnos la función que cumplen hoy en día. Hablamos de función pues. Las funciones de un vínculo serían, entre otras, pertenecer, cuidar, sostener, acompañar. La forma, el modo en que coordinamos dichas funciones. Y a diferencia del árbol que no puede decidir, el ser humano hoy día sí puede abandonar el vínculo ateniéndose a su libertad para hacerlo ya que este no se sostiene vivo así como así por inercia.
Y no es una cuestión de compromiso, sino de decisión.
Así que diría que un vínculo permanece allí donde dos libertades deciden habitar mutuamente la transformación del otro. Porque solo permanece vivo lo que cambia. Entendiendo que esas dos libertades no se transforman al mismo ritmo ni necesariamente en la misma dirección. También que esa libertad de decisión no actúa nunca desde el vacío. El «presente continuo» a que me refería está atravesado por una historia individual y a la vez compartida –que viene de un pasado– desde la que cada uno decide activamente seguir encontrando un lugar común proyectado hacia el futuro.
Quizá entonces, permanecer no sería nunca un sinónimo de quedarse. Eso sería prometer la permanencia de una forma. Y no podemos detener al otro como tampoco podemos detenernos nosotros mismos, pero sí decidir desde esa libertad, si queremos seguir encontrando un lugar común en el que nuestras respectivas transformaciones puedan convivir. Ya Quevedo, hace casi cuatro siglos, al contemplar lo que quedaba de la antigua Roma, intuyó en un bello verso que aquello que seguía vivo no eran aquellas piedras levantadas para desafiar el tiempo, sino el río Tíber y sus aguas que nunca había dejado de fluir: «y solamente lo fugitivo permanece y dura».




