Tres figuras de la suspensión

Tres figuras de la suspensión

El mundo occidental ha confundido hacer con actividad. Este artículo explora la suspensión como una operación ética.

Por Carlos Trujillo, psicoanalista

Tres figuras de la suspensión

Siempre me gustó el ensayo ético que Philip Dick realiza en El hombre en el castillo, no por su temática explícita sino por la forma: imaginar un mundo donde los nazis hubieran ganado, la redistribución del mundo bajo esa égida, Japón, Alemania, en fin, otro mundo.

Les quería contar mi propio ensayo: imaginemos qué hubiera pasado si Moisés no hubiese arrojado las tablas, colérico, al ver al pueblo de Israel adorando al Becerro de Oro. Bueno, ese ensayo ya lo hizo Freud, en realidad. Pero me lo apropio.

En El Moisés de Miguel Ángel, Freud parte de varias interpretaciones sobre la escultura. Una lectura dramática: Moisés acaba de ver el Becerro de Oro y está a punto de levantarse, romper las Tablas y castigar al pueblo. Una lectura de la inhibición: la estatua muestra un movimiento contenido, el instante previo al estallido. Una lectura de carácter: no representa una escena puntual, sino el tipo del legislador poderoso, colérico y dominador.

Freud toma algo de todas, pero propone otra cosa: Moisés no está por actuar; ya estuvo a punto de hacerlo y se detuvo. La estatua muestra el resto de una acción suspendida. Freud escribe: “Lo que en él vemos no es el introito a una acción violenta, sino el resto de un movimiento trascurrido”.

Por eso imagino un mundo donde se ha vencido la tentación del hacer colérico. Donde se ha domeñado la pasión kinética, el empuje motriz a intervenir.

El mundo occidental ha confundido hacer con actividad. Pero el hacer, lejos de ser una acción volitiva pura, cognoscente, transparente para sí misma, está afectado por otros caballos que el jinete de la razón desconoce al pretenderse actor.

Más sujeto sería amarrarse, como Ulises, al mástil para no escuchar el canto de las sirenas.

Pero como el mundo parece haber tomado el camino del actuar divino y del castigo mesiánico, nos compete quizá la actitud de Bartleby, el escribiente, y su conocido “preferiría no hacerlo”.

Los protocolos toman asistencia en las escuelas. Las herramientas crecen en los árboles. Todo parece mandado a extender la acción del cuerpo, pero sin preguntarse qué pasión comanda ese movimiento.

Ser un poco como «El Moisés» de Miguel Ángel en el ensayo freudiano: estar a punto de actuar, pero detenerse. Domeñar la tentación del movimiento. Sostenerse para no capturar-se.

Tal vez así, en esa suspensión, haya otro mundo posible.

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