Natalia Bonansea, psicoanalista
Clásico es aquel libro que una nación o un grupo de naciones o el largo tiempo han decidido leer como si en sus páginas todo fuera deliberado, fatal, profundo como el cosmos y capaz de interpretaciones sin término.
Jorge Luis Borges
Permanecer cambiando me hace pensar. Bifurca mis resonancias. No sé decidirme: ¿el permanecer modifica al cambio, o el cambio transforma al permanecer? Hay allí una paradoja y, como toda paradoja, su potencia no radica en resolverla sino en habitarla. Lo cierto es que la expresión me toca, me afecta. A menudo me pregunto por el juego entre la tradición y la sorpresa, la repetición y lo contingente, lo común y lo distinto. Supongo que en esa inquietud resuena mi práctica del psicoanálisis, pero también algo de nuestra época, siempre empujando hacia la novedad, hasta el punto del desamparo.
Entonces vuelvo adonde tantas veces vuelvo: a los clásicos. Esas historias que parecen no pertenecer a ningún tiempo ni a ningún lugar y, a la vez, sí. Porque un clásico no se sostiene en una supuesta atemporalidad que consagra una verdad definitiva, sino precisamente en lo contrario: nunca termina de decirlo todo. Vive, como escribía Borges, de esa posibilidad inagotable de ser releído, de ser nuevamente interpretado. Los clásicos sobreviven porque aceptan ser reversionados; por eso nunca pertenecen del todo al pasado. Cada vez que regresan, algo cambia. Su horizonte está en el futuro.
También hay partidos de fútbol que llegan a convertirse en clásicos. Condensan historias, disputas y memorias que exceden los noventa minutos de juego. Pensemos en Inglaterra vs Argentina. Desde la guerra de Malvinas, ese encuentro quedó atravesado por una memoria que no admite ser reducida al acontecimiento deportivo. La gloriosa «mano de Dios» fue mucho más que una hazaña. Se convirtió en mito, en un gesto de reparación histórica, en una toma de posición frente a una potencia imperial y, con el tiempo, en una pieza fundamental de los relatos nacionales –e internacionales–.
Hace poco ese clásico volvió a jugarse y, como ocurre cada vez, no faltaron los intentos de disminuir su espesor histórico. Sin embargo, nuestros cuerpos lo sabían. El contexto social es crítico, pero es otro. Messi no es Maradona, pero es Messi. ¿Qué podía hacer esta generación frente a un gesto que parecía irrepetible? No apareció una nueva mano milagrosa ni un héroe solitario. En cambio, los jugadores desplegaron una bandera improvisada: una sábana de hotel ingresada a escondidas por hinchas, sorteando la prohibición de exhibir mensajes sobre Malvinas, pintada con una inscripción tan sencilla como contundente: «Las Malvinas son argentinas«. La astucia de un jugador encontraba ahora su reversión en la de un pueblo y un equipo. El viejo signo reaparecía profundamente transformado. Kairos: un acto sostenido por el momento oportuno, sin cálculo, aunque no sin las condiciones que lo hicieron posible.
La nueva versión cinematográfica de La Odisea, de Christopher Nolan, parece partir de una intuición semejante. Ulises aparece como otro Ulises: culposo, olvidadizo, dudoso. Su regreso sólo es posible al precio de una transformación. Ya no podrá anunciar siempre su presencia con el sonido del arco; deberá consentir, algunas veces, al engaño y al ocultamiento. Es un Ulises que ya no coincide plenamente consigo mismo. Y sólo cambiando podrá volver a un lugar que tampoco permanece idéntico.
Esa es la condición de todo clásico: permanecer disponible para nuevas interpretaciones sin perder aquello que lo vuelve reconocible. Entonces, permanecer cambiando, nos advierte que la alternativa nunca consistió en elegir entre conservar o cambiar, ni entre aferrarse al pasado o correr desesperadamente hacia el futuro. Más bien nos propone una apuesta antes que una certeza. Una pulsación en la estructura misma, la oportunidad de volver a jugar. Una forma de fidelidad que no se sostiene en una mismidad absoluta, sino en el reconocimiento de saberse parte de una historia y, precisamente por eso, admitir la invención.
Porque un clásico siempre será, de algún modo, otro partido por venir.




