Un curioso efecto

Un curioso efecto

¿Qué condiciones hacen posible que aparezcan arquitecturas semejantes cuando la complejidad supera cierto umbral?

Pablo Odell, editor
Apertura

 

Hace unos años comenzaron a circular comparaciones entre la estructura de la red neuronal del cerebro y la red cósmica que organiza las galaxias del universo. Las imágenes eran sorprendentes. Dos sistemas separados por decenas de órdenes de magnitud parecían compartir una arquitectura extraordinariamente similar.

Como ocurre siempre con las buenas analogías, no tardaron en aparecer dos reacciones opuestas. Algunos concluyeron demasiado deprisa que el universo debía funcionar como un cerebro. Otros respondieron con igual rapidez que todo era una ilusión visual sin ningún interés. Pero, ambas posiciones compartían el mismo problema. Las dos seguían preguntándose qué era cada cosa. La parte más interesante de aquella comparación nunca fue decidir si el universo es o no un cerebro, como advertir que sistemas tan distintos terminan organizándose de formas parecidas. ¿Qué condiciones hacen posible que aparezcan arquitecturas semejantes cuando la complejidad supera cierto umbral? La analogía deja de ser una explicación y se convierte en un vehículo para llevar el pensamiento hasta una frontera donde todavía no sabemos cómo pensar.

Un poco así ha sido, sin proponérnoslo del todo, el recorrido de la Revista Xoroi. No hemos trabajado por temas, ni por disciplinas y tampoco por conclusiones. Hemos intentado construir un medio donde determinadas cuestiones pudieran reorganizarse. Cada número comenzó con una pregunta, y no fueron tan importantes las respuestas que encontramos, como las nuevas preguntas que esas respuestas hicieron posibles. Primero apareció el medio. Después comprendimos que ningún medio existe sin vínculo. Más tarde descubrimos que todo vínculo necesita condiciones para sostenerse. Entonces apareció el sujeto, no como una esencia, sino como una posición dentro de esas relaciones. Después llegó la operación: aquello que hace posible transformar un campo sin abandonar el propio campo. Y cuando parecía que el recorrido podía estabilizarse apareció una nueva dificultad: ¿cómo permanece algo que está vivo?

La respuesta del número anterior fue el sostén. Comprendimos que sostener no consiste en capturar, y que muchas veces aquello que queremos preservar deja precisamente de vivir cuando intentamos fijarlo definitivamente. ¿Cómo permanece aquello que nunca deja de transformarse? La tentación inmediata fue buscar en aquello que no cambia. El secreto del cambio –decía Jorge Wagensberg– es la parte del cambio que no cambia. Entonces apareció otra posibilidad: que tal vez lo que permanece no sean las formas, sino la capacidad de una pregunta para reorganizar continuamente el paisaje desde el que pensamos.

Las respuestas importantes producen un efecto curioso. No cierran una conversación. La desplazan. Después de responder ya no pensamos exactamente igual. El mundo aparece organizado de otra manera y, precisamente por eso, surgen otras preguntas nuevas que antes ni siquiera podían formularse. Si algo hemos aprendido preparando este número es que cambiar consiste en volver a un mismo problema desde otro paisaje.

Las páginas que siguen recorren ese paisaje desde lugares muy distintos. Juan Aís encuentra la permanencia en la capacidad de una comunidad para reorientarse. Elena Ascárate recuerda que toda práctica necesita una orientación hacia aquello que ningún saber consigue capturar por completo. Lola Vivas desplaza la pregunta hacia la relación entre forma y función. Carlos Trujillo observa cómo lo que permanece también puede dejarse alterar. Leandro Ferreyra advierte que el odio también aprende a permanecer, convirtiéndose en hábito cuando la memoria deja de interpelar el presente. Natalia Bonansea la descubre en aquello que puede volver a jugarse…

Ninguno de estos textos responde la misma pregunta, pero parecen estar acercándose a una intuición común: que lo vivo permanece porque nunca deja de reorganizar las relaciones que hacen posible seguir preguntándose por sí mismo.

Eso es también permanecer cambiando. No desplazarse simplemente de un lugar a otro, sino reorganizar continuamente el medio desde el que volvemos a pensar las mismas preguntas. Cada número de esta revista ha regresado una y otra vez sobre palabras como medio, vínculo, sujeto, operación, sostén o permanencia. Nunca para repetirlas, sino para atravesarlas desde un paisaje distinto. Si algo permanece, además de las respuestas y las formas que las contienen, es la capacidad de una conversación para seguir modificando las relaciones que hacen posible pensar.

Cuidar el medio donde el pensamiento todavía pueda cambiar… ¿No es esa también la tarea de una revista? La capacidad de reorganizar el espacio de las preguntas, es el efecto curioso al que alude el título y explica por qué la Revista Xoroi sigue siendo la misma mientras no deja de cambiar.

 

Xoroi Edicions
Resumen de privacidad

Esta web utiliza cookies para que podamos ofrecerte la mejor experiencia de usuario posible. La información de las cookies se almacena en tu navegador y realiza funciones tales como reconocerte cuando vuelves a nuestra web o ayudar a nuestro equipo a comprender qué secciones de la web encuentras más interesantes y útiles.