Carlos Trujillo, psicoanalista.
Podríamos decir que, hacia 2016, la ola apocalíptica alcanzó una nueva cresta. Uno de sus grandes hitos audiovisuales había sido The Walking Dead: la humanidad reducida a pequeños grupos que intentan sobrevivir entre los restos de las ciudades, las instituciones y los vínculos. La ola, por supuesto, venía de antes. En buena parte del cine de comienzos de siglo, el cataclismo todavía llegaba desde afuera: una invasión extraterrestre, un meteorito, una criatura gigantesca empeñada en destruir la ciudad. Antes habrá sido otro bicho, otra fuerza o alguna nueva encarnación del fin.
El monstruo nunca desapareció: fue cambiando de escala. Entre Godzilla y un virus existe una brecha considerable. El enemigo pasó de ocupar toda la pantalla a volverse invisible. Ya no hacía falta mirar hacia el cielo para reconocer la amenaza. Podía estar en el aire, en la sangre, en el cuerpo del vecino. Incluso en el propio cuerpo. El argumento, sin embargo, conservaba una cronología reconocible: la hecatombe, la lucha y la salvación. El mundo podía quedar destruido, pero las identidades permanecían en su sitio. Había héroes, villanos y víctimas. El final de la humanidad servía también para confirmar qué era un humano.
Si hilamos fino, aparecen desviaciones dentro de esa serie. Una de ellas es Aniquilación, la dirigida por Alex Garland y estrenada en 2018. La película comienza con la caída de un objeto extraterrestre sobre un faro. A partir de ese punto se forma el Resplandor: una superficie iridiscente que se extiende lentamente sobre el territorio. Hasta aquí, nada demasiado nuevo. Tenemos una zona anómala, una amenaza de origen desconocido y un dispositivo militar que envía sucesivas expediciones. Los grupos ingresan. Ninguno regresa. Hasta que regresa Kane.
Kane aparece en su casa después de casi un año de ausencia. Allí se encuentra con su esposa, Lena, bióloga y exmilitar. El reencuentro ocurre mientras suena Helplessly Hoping, de Crosby, Stills & Nash, una de las canciones más tristes que se hayan compuesto, al menos para quien escribe. Pero Kane parece haber regresado distinto. Su cuerpo está allí, pero no del todo. Lena formula preguntas y recibe silencios. Algo ha vuelto, aunque todavía resulta imposible saber qué significa ese regreso. Kane parece otro. A partir de allí, Aniquilación se aparta discretamente del cine apocalíptico que parecía anunciar. El Resplandor no actúa como una entidad invasora. Tampoco su intención parece ser la de destruir. Refracta, mezcla, copia, injerta. Hace circular rasgos entre plantas, animales y cuerpos. Aquello que entra en contacto con otro continúa existiendo, aunque bajo una forma que ya no le pertenece por completo.
Ningún cuerpo conserva sus límites anteriores. Una forma aloja otra forma y ambas pierden algo de su antigua consistencia. Es una metamorfosis, pero no kafkiana. Más bien una onda expansiva de hibridación y desestabilización. Una metástasis. Como todo acontecimiento, el Resplandor sucede antes de que sepamos qué significa. Son los discursos y las posiciones ante él los que adhieren saber y sentido sobre ese real. Las películas de ciencia ficción tienen la virtud de imaginarizarlo. Godzilla difícilmente vaya a pisar nuestras ciudades, pero algo en ellas parece urgir siempre hacia la destrucción.
Imagine ahora una entidad que aparece, se extiende y comienza a mutar todo cuanto parecía identificado: hombre, mujer, verdad, mentira, amor, odio, humano, original.
Seguramente usted está pensando en la inteligencia artificial.
Qué interesante.
Quien escribe pensaba en la lengua.
En esa lengua que, como sugieren un Burroughs o un Quignard, se comporta como un virus: nos alcanza antes de que podamos elegirla. Hablamos con palabras anteriores a nosotros, cargadas de otras voces, errores, migraciones y malentendidos. Cada hablante recibe la lengua y la dice equivocada. Nadie habla una lengua intacta. Nadie es hablado por una lengua pura. Una palabra cambia al pasar de una boca a otra. Puede conservar un sonido y perder su sentido. Puede cambiar de sonido y seguir siendo reconocida. Puede cruzar una frontera, instalarse en otra ciudad, mezclarse con una expresión local. Un error repetido termina por dejar de ser un error. Cada palabra lleva las esquirlas de todo el campo de batalla que es el idioma. La lengua permanece de ese modo: cambiando de cuerpo y cambiando los cuerpos.
Sea el Resplandor, sea la inteligencia artificial, sea la lengua, la pregunta persiste: ¿qué posición tomar frente a aquello que nos transforma? y tal vez una pregunta mas ¿quién toma esa posición? Una respuesta consiste en fijar las identidades. Purificar la lengua, el cuerpo, la comunidad. Establecer con precisión qué pertenece y qué debe permanecer afuera. La otra pretende entregarse a la mutación, como si desaparecer en aquello que viene fuera una forma superior de supervivencia. La promesa de un nuevo hombre, de una inteligencia liberada de lo humano, de una aceleración sin resto. Pero, como Kane, quien vuelve, vuelve distinto. Habrá que dilucidar los efectos de ese retorno y sostener también el equívoco: quién se ha vuelto distinto por la incidencia de la lengua.
Este mismo texto, por ejemplo, encontró recién después de años su lugar de inscripción y, al encontrarlo, terminó siendo otro. Se volvió distinto al ingresar en el medio que compone la revista Xoroi. Veremos dónde resuena, qué desestabiliza, en qué cuerpos se injerta y hacia dónde muta.




