Juan Aís, antropólogo e investigador
Hay épocas que se sienten inaugurales. La nuestra se contempla a sí misma bajo esa luz: como si, por primera vez, la especie hubiese puesto en marcha fuerzas capaces de transformarla más deprisa de lo que puede comprender. La aceleración técnica, la automatización de tareas intelectuales y la aparición de sistemas que producen lenguaje, imágenes y decisiones plausibles alimentan la impresión de que hemos entrado en una zona sin antecedentes.
Hay algo verdadero en esa sensación. Cada tecnología reorganiza el mundo de un modo extraordinario. Pero también hay en ella una tentación ancestral: imaginar que el presente ha cortado el hilo que lo une a todo lo anterior y que debemos elegir entre entregarnos a lo nuevo o proteger una supuesta esencia humana, intacta bajo todas sus transformaciones.
Esa humanidad intacta nunca existió. No hubo un ser humano completo antes del lenguaje, de las herramientas o de las instituciones. Hemos llegado a ser lo que somos mediante mediaciones que modificaron nuestra memoria, nuestros cuerpos y nuestras maneras de ejercer el poder –la técnica no apareció después del humano: participó desde muy pronto en su constitución, y sigue haciéndolo–.
Cada una de esas mediaciones amplió ciertas capacidades y redujo otras. Pero, sobre todo, reorganizó la manera en que las comunidades aprendían a orientarse: qué recordar, en quién confiar y hacia dónde dirigir sus esfuerzos colectivos. Tampoco las sociedades conservaron una identidad intacta a través de sus transformaciones. Incorporaron lo extranjero, modificaron sus instituciones y aprendieron –a menudo demasiado tarde– a nombrar los daños que antes confundían con el orden natural. Las sociedades permanecieron, cuando pudieron, cambiando.
¿Qué permanecía entonces? No necesariamente una forma, una costumbre o un relato intactos. Si alguna continuidad atravesaba la transformación, radicaba en la posibilidad de mantener una relación entre lo recibido y aquello que todavía podía llegar a ser: rehacer los mapas sin perder por completo la memoria del territorio. Una sociedad no continúa porque repita indefinidamente su mundo, sino porque conserva medios para interpretarlo de nuevo cuando ese mundo deja de responder. Por eso la historia larga no es un museo de esencias perdidas ni una reserva de respuestas preparadas para el presente. Es algo más incómodo: un campo de estratos. En él se han sedimentado conocimientos, hábitos de cooperación, instituciones de cuidado y relatos que permitieron a comunidades enteras sostener la vida y orientarse dentro de mundos inciertos. Pero en esos mismos estratos se encuentran la esclavitud, la guerra, la subordinación de las mujeres, la destrucción de lenguas y culturas y la obediencia presentada como virtud –capas que no desaparecen porque las nombremos, sino que siguen ahí, disponibles, esperando una circunstancia que las reactive–.
Lo heredado no es necesariamente sabio. También la violencia puede hacerse costumbre, y la costumbre, sentido común. Un sistema de orientación puede ayudar a una sociedad a habitar el mundo y, al mismo tiempo, encerrar a quienes no caben en sus categorías. No obstante, de esa historia de devastaciones ha emergido otro sedimento –límites al poder, derechos, instituciones de reparación–. Nada de ello prueba una marcha inevitable del progreso. La historia no corrige por sí sola sus errores; a veces los perfecciona. Esos avances existen porque algunas personas y comunidades interrumpieron lo heredado y consiguieron convertir la memoria del daño en un límite compartido. La cordura colectiva no es la voz espontánea de la especie. Es una conquista frágil contra muchas de sus inercias. Transmitir no consiste en conservar: también exige discernir qué merece continuidad y qué debe dejar de reproducirse.
Ese es el espesor que nuestras tecnologías reciben. No parten de cero, aunque su velocidad pueda sugerirlo. Las inteligencias artificiales son, entre otras cosas, una forma inédita de movilizar conocimiento estadístico sedimentado –pueden relacionar en segundos fragmentos de lo que generaciones enteras escribieron, descubrieron e imaginaron–. Esa capacidad merece asombro: permite comparar perspectivas, recorrer archivos y aprender con una amplitud hasta ahora reservada a instituciones, especialistas o vidas enteras. Por primera vez, una parte inmensa de la memoria cultural parece responder. Pero responde sin mostrarnos necesariamente sus estratos.
En una misma superficie aparecen la lucidez y el prejuicio, la razón pública y las antiguas barbaries revestidas de lenguaje normal. Una máquina puede devolvernos la lección aprendida y la violencia que hizo necesaria esa lección. Su elocuencia tiende a borrar la procedencia conflictiva de aquello que combina. Y allí donde desaparecen los estratos, corremos el riesgo de confundir lo frecuente con lo verdadero, lo heredado con lo justo y lo plausible con lo deseable. La inteligencia artificial no reorganiza únicamente el acceso al conocimiento. También modifica nuestros sistemas de orientación: cambia dónde buscamos respuestas, a quién atribuimos autoridad y qué decisiones consideramos delegables. Sería cómodo atribuir esos riesgos a la falta de humanidad de las máquinas e imaginar que conservamos intacta la brújula que a ellas les falta. Pero la historia larga impide semejante complacencia.
Los seres humanos también hemos confundido durante siglos la costumbre con la naturaleza y la repetición con la verdad, y hemos obedecido a sistemas que no comprendíamos, llamando destino a decisiones tomadas por otros. El criterio no es una propiedad garantizada de nuestra especie –es una práctica exigente y reversible: puede cultivarse, abandonarse o atrofiarse–. Ninguna tecnología contiene de antemano su sentido histórico. No es salvación ni condena. Abre posibilidades, clausura otras, altera las relaciones entre quienes pueden decidir y quienes deben adaptarse –sus efectos dependen de instituciones y usos concretos, no de una esencia que llevaran incorporada de fábrica–.
Este agnosticismo tecnológico no equivale a suspender el juicio. Al contrario: allí donde no hay destino, comienza la responsabilidad. No sabemos de antemano en qué nos convertirá una tecnología. Pero su indeterminación no nos absuelve: nos obliga a responder por cada decisión situada –qué delegamos, qué formas de vida volvemos más probables–. La responsabilidad no llega después del daño, cuando buscamos culpables. Acompaña la adopción, el diseño, la regulación y el entusiasmo. Cada comodidad incorpora una renuncia posible; todo lo que dejamos de hacer puede dejar de parecernos humano. Permanecer, entonces, ¿es conservar una identidad fija frente al cambio o mantener viva la capacidad colectiva de reorientarse? Esa capacidad no reside únicamente en conciencias individuales –vive en relatos, instituciones, vínculos, espacios de deliberación–. Son ellos los que permiten interpretar lo que sucede y decidir qué merece continuidad.
Ese «nosotros» no es armonioso. Las sociedades no cambian al mismo ritmo ni pagan el mismo precio: algunas diseñan las infraestructuras, otras las padecen. La responsabilidad debe hacerse compartida sin disolverse en una humanidad abstracta donde nadie responde por nada. La historia larga no ofrece refugio ante el cambio. Ofrece memoria, proporción y orientación. Nos recuerda que cada mundo humano fue alguna vez contingente, aunque después se presentara como inevitable —y que aquello que hoy delegamos o dejamos de practicar también sedimentará—. Otros heredarán ese estrato, mezclado con nuestras prudencias y nuestras cegueras. Cambiar sin dejar de ser humanos no es proteger una esencia frente a las máquinas, ea en no renunciar a la capacidad colectiva de interpretar, deliberar y reconstruir orientación cuando cambian las condiciones del mundo.
¿En qué nos convertiremos? ¿Qué encontrarán en nosotros quienes, más tarde, necesiten aprender a cambiar?
Nota editorial
Juan Aís dirige el Observatorio de Sistemas de Orientación, dedicado al estudio de las formas mediante las que las sociedades interpretan el cambio y construyen dirección colectiva.




