Objetados parte de una pregunta clínica muy precisa: ¿cómo sostener una práctica cuando aquello con lo que trabaja nunca termina de dejarse capturar por las categorías que intentan nombrarlo? Leído desde Permanecer cambiando, el tema de este número, ese interrogante adquiere una resonancia más amplia. Si los discursos, las instituciones y los modos de nombrar el sufrimiento no dejan de transformarse, ¿qué permanece para que una práctica siga siendo reconocible como tal? El texto que nos comparte Elena a continuación no responde directamente a la pregunta que organiza este número. Hace algo más interesante: muestra cómo esa misma pregunta ya estaba trabajando, desde otro lugar, en el interior de una investigación clínica de largo recorrido. A veces las conversaciones no empiezan cuando creemos. A veces un libro todavía inédito ya estaba dialogando, silenciosamente, con preguntas que otros apenas comienzan a formular.
Elena Ascárate, psicóloga y practicante de psicoanálisis
En un trabajo anterior publicado en la RX #3, se puso sobre la mesa los efectos de un fenómeno discursivo de época y su impacto en las prácticas del campo Psi. El mismo consistía en la exclusión no solo del sujeto del inconsciente sino del rechazo de los cuerpos (en tanto soporte material del goce), exclusión acompañada junto a la tonalidad de nuestros tiempos. Ante esto, sostenía que el problema o las preguntas ya no podían reducirse únicamente a las dificultades del trabajo interdisciplinario, sino que alcanzaban a las propias disciplinas del campo Psi cuando este fenómeno terminaba expulsando aquello mismo que pretendían abordar. Si no hay lugar para un cuerpo sufriente, si no hay alguien dispuesto a alojar aquello que irrumpe, la clínica pierde su razón de ser.
Sin embargo, esa conclusión abre nuevas preguntas: ¿De qué coordenadas nos valemos para saber ubicarnos y no quedar excluidos junto a lo que se expulsa de nuestro campo? ¿Cómo operar para que la clínica permanezca?
La época actual cambia a una velocidad Starlink y en esa rapidez se multiplican las maneras de nombrar los sufrimientos y las clasificaciones diagnósticas, aparecen nuevas tecnologías, mejores psicofármacos, diferentes maneras de abordar los padecimientos, constituyéndose los mismos en diversas variables que atraviesan los muros de las instituciones e impactan en los dispositivos de tratamiento.
No obstante el campo de la ciencia no puede dar respuesta a todo, cuando se acerca a un fenómeno algo queda afuera, algo se escapa. Como el agua que intentamos retener entre las manos, cuanto mayor es el esfuerzo por capturarla, más evidente se vuelve aquello que se desliza entre los dedos. Los nombres organizan, orientan y permiten intervenir, pero nunca consiguen agotar aquello que buscan capturar.
A pesar de esta compulsión a la nominación y su riesgo de extraviarse en esa diversidad, un analista bien orientado estará advertido que cada uno de esos avances vuelve a encontrar un límite ya que siempre hay algo que no termina de coincidir con el nombre que se le asigna. Nos topamos con un resto que no desaparece a pesar que el diagnóstico esté correctamente formulado o el protocolo haya sido cuidadosamente aplicado.
Se trata de un límite propio de toda producción de saber y como «la verdad es solidaria con lo real» y lo real es imposible de ser capturado por el significante, seguiremos condenados a «un medio decir».
Ante lo planteado, me valdré de dos herramientas conceptuales que nos ayudarán a enmarcar las respuestas a las preguntas presentadas: estrategia y táctica.
La estrategia alude a un plan u orientación general que organiza una acción para alcanzar un objetivo. Define un rumbo, los principios que guían la acción y el modo de utilizar los recursos disponibles.
La táctica: es un conjunto de decisiones, maniobras o procedimientos concretos que se emplean en una situación determinada para llevar adelante esa estrategia.
Dicho esto se sostiene que el analista estratega es aquel que tiene en el horizonte el encuentro con lo singular del sujeto, su orientación es aquello que del real insiste y en donde la táctica es su aliada.
Un analista astuto no desestima ni rechaza los avances de otros saberes ni se ancla ciegamente a defender antiguas categorías. Tampoco permanece inmóvil frente a las transformaciones de la época, se mueve entre ellas. Aprende nuevos lenguajes, conoce sobre las novedosas clasificaciones, se sirve de distintos dispositivos para poder moverse a contrapelo.
Pero aquí nos detenemos, ya que no se puede mover entre ni a contrapelo si no se conoce el terreno y sin una brújula que indique un norte.
La permanencia del analista no consiste en conservar un modo fijo de intervenir (o si, dependiendo la táctica), sino precisamente en la posibilidad de reinventar una y otra vez las condiciones necesarias para que un sujeto encuentre un lugar donde aquello que insiste pueda ser alojado. No se trata de domesticar ese resto ni de eliminarlo (tarea imposible) sino de favorecer el encuentro con una respuesta singular.
Los discursos seguirán transformándose, cambiarán las instituciones, los dispositivos, las nomenclaturas y las formas de presentación del sufrimiento. Se plantearán nuevas estrategias y tácticas clínicas a los fines de seguir un objetivo. Pero, lo que no dejará de insistir será ese punto irreductible que ningún saber consigue clausurar por completo.
Al decir de Eric Laurent: «Me parece que el futuro del psicoanálisis está asegurado porque es un discurso que tiene una brújula bien centrada sobre lo real en juego».
Mientras el analista mantenga su orientación hacia ese punto, podrá atravesar los avatares de los tiempos, ya que lo irreductible, permanece.
Nota editorial
En breve, Xoroi publicará Objetados. La presencia del objeto a en la clínica de la urgencia, de Elena Ascárate. Un libro que interroga la clínica de la urgencia en el cruce entre institución, contemporaneidad y psicoanálisis. Su apuesta: pensar cómo hacer lugar al sujeto en un contexto donde la relación con el objeto tiende a imponerse sin mediación.




