1. ¿Editar sigue siendo seleccionar contenidos o empieza a ser diseñar condiciones de lectura?
Rado Molina: El editor ya no es curador. Es ingeniero del umbral. Cuando publicamos la «Historia verdadera», de Bernal Díaz del Castillo, no decidimos si el texto existe. Existe. Está en dominio público. Cualquiera puede descargarlo. La decisión editorial es otra: qué tipo de entrada construimos, qué preguntas hacemos legibles, qué rutas trazamos, qué dejamos fuera.
IA-Libris indexa 750.000 fragmentos de 2.400 libros. El lector entra por una pregunta: «¿Qué dijeron los cronistas sobre los sacrificios humanos?» El sistema devuelve pasajes de Sahagún, Durán, Las Casas, Motolinía. La edición aquí no es seleccionar un libro. Es diseñar qué tipo de preguntas pueden formularse dentro del sistema. Eso tiene consecuencias. Si la pregunta no es legible, el texto no aparece. Si el umbral está mal construido, el lector no entra. El editor decide la arquitectura del acceso. Eso es poder intelectual, no servicio técnico.
Publicamos «Crónicas de Indias» porque creemos que son documentos irremplazables para entender América. No los más justos. No los más completos. Pero sí textos que ninguna reconstrucción posterior puede sustituir. Esa creencia es el umbral. Todo lo demás es ingeniería.
Pablo Odell: Rado, cuando dices que “el editor decide la arquitectura del acceso”, estás nombrando algo crucial: el editor como ingeniero del umbral. No decidimos si un texto existe. Existe. Lo que decidimos es cómo se entra: qué preguntas son formulables, qué recorridos se abren, qué queda fuera de campo. Editar deja de ser producir objetos culturales y pasa a ser configurar condiciones de aparición del sentido.
Ahí la IA desplaza el centro: convierte la pregunta en interfaz. Y quien diseña la interfaz, diseña —en gran medida— la realidad accesible. Si una pregunta no es legible dentro del sistema, el texto no aparece. El umbral no es un detalle técnico: es poder intelectual. Pero aquí aparece el punto que me interesa subrayar: acceder no es habitar. “Acelerar no es habitar”, digo en el núcleo temático de este número. Diseñar accesos es imprescindible, sí, pero el riesgo está en confundir acceso con habitabilidad. Abrir puertas no garantiza que el espacio sea vivible.
Por eso, junto al umbral técnico, hace falta ampliar el campo: relación, criterio, responsabilidad; y, sobre todo, el cuidado del vínculo y el grado de instrumentalización que admitimos en un medio compartido. La pregunta no es solo qué textos aparecen, sino qué tipo de subjetividad se forma al recorrerlos. Editar en la era de la IA no es únicamente construir umbrales inteligentes: es sostener un espacio donde el pensamiento no quede reducido a consulta.
2. ¿La IA amenaza la voz editorial o la obliga a definirse mejor?
Rado Molina: El problema de la IA no es que escriba mal. Es que escribe sin riesgo. Los textos generados por modelos de lenguaje tienen patrones reconocibles. No errores: patrones. Consciencia explícita: «se dio cuenta», «comprendió de pronto». Emoción etiquetada: «sintió tristeza», «la ira lo invadió». Guiones largos para cubrir todas las posibilidades. Finales didácticos que explican lo que ya se mostró. Estos patrones no delatan incompetencia. Delatan ausencia de decisión. El modelo elige lo que nunca está mal. Un escritor elige lo que puede estar mal pero es necesario.
La IA no amenaza la voz editorial. La desnuda. Donde había voz, sigue habiendo voz. Donde solo había procedimientos, ahora se nota el vacío. Linkgua publica textos íntegros. No antologías mutiladas. Si publicamos el Quijote, publicamos las dos partes completas, con los capítulos que aburren, con las interpolaciones que interrumpen. El lector puede saltarse lo que quiera. No le quitamos la opción. Separamos documento de aparato. El lector debe saber qué escribió Garcilaso de la Vega en el siglo XVI y qué añadimos nosotros la semana pasada. Si IA-Libris responde una pregunta, debe citar la fuente exacta. Si no encuentra información, debe decirlo. No inventar. No improvisar.
Eso es voz editorial: capacidad de sostener una exclusión, de decir esto no entra aquí, de aceptar que un texto puede ser mejor por lo que omite.
Pablo Odell: La IA no amenaza la voz editorial: obliga a distinguir dónde hay criterio y dónde solo había método. No falla técnicamente. Falla existencialmente, porque no puede arriesgar una decisión. No hay apuesta, no hay pérdida posible, no hay elección que comprometa. Y sin riesgo no hay subjetividad; sin subjetividad no hay voz. No hablamos de errores, sino de patrones: emociones etiquetadas, explicaciones de lo evidente, continuidad sin corte. La IA produce flujo. La mente humana necesita interrupciones. Un escritor elige lo que puede estar mal pero es necesario. Y como editores tenemos que sostener elecciones incluso cuando no son eficientes.
Rado, hablas desde el texto, el documento, la fuente, el aparato. Ese plano es fundamental. Pero junto a esa arquitectura del acceso aparece otra responsabilidad: cuidar la voz del pensamiento. El riesgo mayor no es perder estilo, sino perder la capacidad de sostener decisiones no optimizables. Cuando solo había procedimientos, ahora se hace visible un vacío. Y ese vacío no es técnico: es relacional.
3. ¿Qué cambia en la relación con los autores cuando la IA entra en el proceso?
Rado Molina: Nuestros autores son clásicos. No hay relación interpersonal. Hay relación material y ética con sus textos. Los códices mesoamericanos —el Borgia, el Vaticano B, el Fejérváry-Mayer— son documentos que no quieren ser explicados. Quieren ser acompañados. Calendarios rituales, mapas cosmológicos, registros de conocimiento que los españoles quisieron destruir. No se leen como un libro occidental. Se despliegan, se recorren, se interpretan según claves que los especialistas todavía discuten.
Cuando publicamos ediciones facsimilares, añadimos aparato. Parte de ese aparato se genera con IA. Está verificado contra fuentes académicas. Cumple su función. Pero no es autoría. Es andamiaje que permite acceder al edificio sin confundirse con el edificio. Documento no es aparato. Voz histórica no es voz editorial. Edificio no es andamiaje.
Para autores vivos la pregunta sería: ¿puede defender cada frase? ¿Habita el texto o lo visita? Linkgua no publica autores vivos. Pero la distinción importa igual. Un texto sin alguien que lo sostenga es un accidente de software.
Pablo Odell: La entrada de la IA introduce una tercera instancia entre el autor y su texto. No tanto como herramienta, sino como mediación. Y eso cambia algo esencial: la relación de presencia. Con autores vivos, la pregunta no es si usan IA, sino si siguen habitando lo que escriben. La IA facilita opciones, propone formulaciones, acelera borradores. El riesgo no es colaborar con una máquina, sino deslizarse hacia una escritura sin implicación, donde el texto se visita en lugar de sostenerse.
Un texto necesita alguien que lo habite. No basta con firmarlo. Habitar implica defender cada frase, aceptar cada corte, asumir lo que queda fuera. Cuando la producción se vuelve demasiado fluida, escribir puede convertirse en navegar posibilidades en vez de comprometer una voz. Por eso, más allá de la técnica, lo que está en juego es el vínculo del autor con su propio proceso.
La IA puede acompañar, pero no puede ocupar el lugar de la presencia. Editar hoy es cuidar esa relación: abrir posibilidades sin deshabitar el texto. Porque un texto sin alguien que lo sostenga no es una obra: es un accidente de software.
4. ¿Editar hoy es también tomar posición ética, aunque no se declare?
Rado Molina: No cumplir accesibilidad no es una opción. Es exclusión activa.
Desde junio de 2025, la legislación europea exige estándares de accesibilidad en libros digitales. Hemos desarrollado un sistema que inyecta automáticamente los metadatos necesarios en cada EPUB. Corrige idiomas mal declarados, añade roles de navegación, normaliza estructura. Un libro que finge ser accesible pero frustra al lector que lo necesita miente.
No declarar fuentes no es optimizar experiencia de usuario. Es fabricar autoridad falsa. Cuando IA-Libris responde una pregunta, cita la fuente exacta. Las síntesis se marcan como síntesis. Las lagunas se declaran como lagunas. Generar libros no leídos no es experimentación. Es basura cultural industrializada. No publicamos «ediciones» que son escaneos automáticos sin corregir. No generamos reseñas falsas. No llenamos metadatos con palabras clave engañosas.
La pretensión de neutralidad técnica es falsa. «Solo usamos las herramientas disponibles» es abdicación disfrazada de pragmatismo. Las herramientas disponibles incluyen muchas que rechazamos. El rechazo es la posición.
Pablo Odell: Editar hoy es tomar posición ética, incluso cuando no se declara. No existe neutralidad técnica. Cada herramienta elegida, cada práctica aceptada y cada atajo tolerado configura un modo de relación con el lector, con el autor y con el pensamiento.
Lo muestra al bajar la ética al suelo: accesibilidad real, fuentes declaradas, lagunas reconocidas, rechazo del engaño y de la basura cultural. Ahí la ética no es un discurso, es una serie de decisiones concretas. Y también de negativas. No todo lo posible debe hacerse. El rechazo es una forma activa de responsabilidad.
Pero junto a esa honestidad material aparece otra capa: cada decisión editorial produce hábitos. Modela formas de atención, de dependencia, de criterio. No solo importa qué se publica o qué herramientas se usan, sino qué tipo de relación se construye con el texto y con el conocimiento. Decir “solo usamos las herramientas disponibles” no es pragmatismo: es delegar el criterio. Editar implica elegir qué no se automatiza, qué no se acelera, qué no se externaliza. La ética empieza ahí, en esas decisiones pequeñas y repetidas. No como manifiesto, sino como práctica cotidiana.
Editar hoy no es solo garantizar productos correctos. Es sostener un espacio donde el pensamiento no quede reducido a eficiencia, y donde la responsabilidad no se diluya en la infraestructura.
5. ¿Qué significa «catálogo» en un contexto de producción casi infinita?
Rado Molina: Tenemos casi tres mil títulos. Podríamos tener treinta mil. No los tenemos. No todo lo disponible merece existir como catálogo. El catálogo no es inventario. Es argumento intelectual. Tesis sobre la tradición. Toma de posición sobre qué pasado importa.
Las «Crónicas de Indias» son el centro de Linkgua. El teatro del Siglo de Oro es periferia cualificada. Las constituciones históricas latinoamericanas son nicho para investigadores. Estas distinciones no son secretas. Son la propuesta. Cuando todo es accesible por significado, la ausencia también se vuelve significativa. Si un texto no está aquí, no es porque no exista. Es porque no creemos que articule algo necesario. Eso es exclusión deliberada. Eso es editar.
La producción infinita no elimina la escasez. La desplaza. Ya no escasean los libros. Escasea la atención, el criterio, la confianza. Si el catálogo no propone nada, no necesita editores. Necesita servidores.
Pablo Odell: Cuando la producción se vuelve casi infinita, el catálogo deja de ser acumulación y pasa a ser posición. Ya no se trata de cuántos títulos existen, sino de qué conjunto propone sentido. Así lo sentimos también en Xoroi, con mi padre. El catálogo no es inventario, es argumento intelectual. Es una tesis sobre la tradición y una toma de posición sobre qué pasado importa. Incluir es decir algo. Pero excluir también. Cuando todo es técnicamente accesible, la ausencia se vuelve significativa.
La escasez no desaparece: se desplaza. Ya no escasean los libros; escasean la atención, el criterio y la confianza. En ese contexto, el catálogo funciona como un mapa más que como un escaparate. No promete totalidad, ofrece orientación. No compite por volumen, sostiene una coherencia. Editar es asumir esa responsabilidad: articular un campo de lectura donde cada título tenga relación con los otros y donde el conjunto diga algo que ningún libro podría decir por separado.
Si el catálogo no propone nada, no necesita editores. Necesita servidores. Pero cuando el catálogo es una forma de pensamiento, entonces vuelve a aparecer lo esencial: alguien que sostenga un criterio, que acepte la exclusión deliberada y que cuide la continuidad de un sentido en medio del exceso.
Y, para finalizar, les pedimos a los dos una declaración breve: ¿qué es editar?
Rado Molina / Linkgua
La IA no redefine qué es editar. Obliga a demostrar si alguna vez supiste hacerlo.
Linkgua edita literatura clásica. Automatiza lo automatizable. Integra inteligencia artificial en búsqueda y aparato editorial. Pero la IA no decide qué publicamos, qué excluimos, qué jerarquía proponemos, qué tipo de lectura construimos. Eso no lo decide un modelo. Lo decidimos nosotros. Y asumimos las consecuencias.
Cuatro principios:
- Umbral. El editor diseña la entrada. Decide qué preguntas son legibles dentro del sistema. Eso es poder intelectual.
- Riesgo. La voz editorial es capacidad de elegir lo que puede estar mal pero es necesario. La IA elige lo que nunca está mal. Ahí está la diferencia.
- Distinción. Documento no es aparato. Texto histórico no es comentario contemporáneo. Fuente no es síntesis. Estas fronteras no se negocian.
- Exclusión. No todo merece ser publicado. No todo merece ser indexado. No todo merece existir como catálogo. Decir no es la forma más pura de editar.
Pablo Odell / Xoroi
La IA no redefine qué es pensar. Obliga a preguntarnos si todavía sabemos habitarlo.
Trabajo con autores, con textos en proceso y con lectores que no buscan respuestas instantáneas, sino condiciones para sostener una pregunta. Utilizo IA como herramienta, como asistente y como interlocutora. Pero la IA no decide cómo se forma el criterio, qué tipo de relación establecemos con lo escrito, ni qué grado de instrumentalización aceptamos en el pensamiento. Eso no lo decide un modelo. Lo decidimos nosotros. Y también asumimos sus consecuencias. No basta con abrir accesos. Hay que sostener espacios donde el pensamiento no quede reducido a consulta.
Cuatro principios:
- Presencia. El texto no se visita: se habita. Escribir implica sostener cada frase, asumir cada corte, aceptar lo que queda fuera. Sin presencia no hay voz; hay procedimiento.
- Relación. Editar no es optimizar flujos, es cuidar vínculos: entre autor y texto, entre texto y lector, entre pensamiento y medio. La técnica puede acompañar, pero no sustituir esa trama.
- Criterio. La diferencia no está en producir más rápido, sino en decidir qué no se acelera, qué no se delega y qué debe permanecer humano. El criterio no se automatiza.
- Habitabilidad. Editar hoy es crear condiciones para que la conciencia pueda existir en entornos acelerados sin desintegrarse.
Nosotros, como editores, trabajamos el medio.




